5 de julio de 2024
El día que la ciudad más pobre de Italia compró al futbolista más caro del mundo: a 40 años del amor a primera vista entre Maradona y Napoli
El jueves 5 de julio de 1984 Diego Armando Maradona se despertó por primera vez en suelo napolitano. Se hizo estudios médicos por la mañana y por la tarde llegó al estadio San Paolo, que años después llevaría su nombre. La crónica de esos días en los que un equipo discreto del sur italiano le daba la bienvenida al mejor jugador del mundo
Él no lo advierte. Es su segundo dÃa en Italia. Hay algo de esa atmósfera visceral, furiosa y desprolija que le parece familiar, conocido. Parece cómodo en esa incomodidad. Se sienta en una silla. Mira para arriba. Entre los rayos de luz que se filtran distingue a quienes lo vitorean. “Gente, calma por favorâ€, grita alguien. “Advierto que si se acercan, se cancela la conferencia de prensaâ€, enfatiza. Los fotógrafos, periodistas y oportunistas responden con abucheos. El desconcierto es generalizado y natural. A su izquierda un intérprete. A su derecha Corrado Ferlaino, presidente del Napoli. Cerca, Jorge Cysterpiler, su representante. Acaricia una estatuilla que le habÃa regalado el escultor napolitano Genaro Sguro. La primera pregunta lo descoloca.
“Me gustarÃa saber si sabe lo que es la Camorra. Y si sabe que el dinero de la Camorra está en todas partes, incluÃdo en el fútbolâ€, indaga el periodista francés Alain Chaillon. No sabe el idioma, no sabe la respuesta, no sabe lo que es la Camorra. Se queda en silencio y desconcertado. El que responde es Ferlaino: “Esa pregunta me parece totalmente ofensiva. Realmente me horroriza que un periodista haga esa clase de preguntas. Es tan insultante que no la responderé. Te pido que te vayas. ¡Ahora mismo, inmediatamente! Cómo presidente del Napoli, exijo que te vayasâ€.
El hombre está parado. Luce enojado. Hay quienes celebran su enjundia. Él no entiende bien lo qué pasa. “Napoli no deberÃa ser dañado por este tipo de ignorancia. Hicimos enormes sacrificios por este fichaje y no queremos preguntas ofensivas o afirmaciones ignorantes de que algo de lo que pasa aquà tiene que ver con la Camorra. Napoli funciona y tiene buena ética laboral. Los criminales son una minorÃa y hay una policÃa seria dispuesta a intervenir en estos asuntos. Graciasâ€, concluye el presidente del club. El resto de la conferencia es historia olvidada.
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Se para. Se va. Reanuda su paso por los canales interiores del estadio. Un bullicio feroz emana del aire. Son las seis y veinte de la tarde. No tiene más la boina ni el reloj. Lo conducen hacia una escalera. Cuando empieza a subir, lo dejan solo. Nadie estuvo tan solo en una multitud. Ochenta mil personas lo rodean. Están ahà por él. Quienes lo siguen y quienes lo esperan dejan la escalera solo para él. Abajo quedan las cámaras, arriba lo esperan otras. Los flashes se activan. Es un instante que nadie quiere perderse. Su foto subiendo las escaleras del estadio San Paolo por primera vez queda guardada para la posteridad: el hombre entre los hombres, un retrato que compite para ser el que mejor explique su vida. Es apenas otra postal de su inagotable álbum.
Apenas apoya los dos pies en la superficie, extiende los brazos. Gira 360 grados sin bajar el saludo. Ese bullicio feroz que emana del aire trepa a la explosión. Un estruendo se desata. La histeria se libera. Caen claveles, papelitos, globos, ovaciones desde las tribunas. Cuelgan banderas que dicen “Cicciano Azzurroâ€, “Blue Lionsâ€. No se juega ningún partido pero hay clima de final. Camina por el césped. Tira besos, sacude las manos. Le prestan una bufanda. Se dirige al centro de la cancha. Una bandera azul que dice “Grazie Ferlaino Grazie†sirve de alfombra. Primero le dan un micrófono con esponja roja. “Buenas tardes napolitanos. Estoy muy feliz de encontrarme con ustedesâ€, dice. Luego le entregan una pelota blanca: hace ocho jueguitos antes de revolearla sin destino. Nápoles está alzado y rendido a la vez.
Van ocho párrafos y esta nota no lo nombró hasta ahora. Es el jueves 5 de julio de 1984, el dÃa en que Diego Armando Maradona es presentado como nuevo futbolista del Napoli. Lo que pasará después de ese big bang es historia sabida: el futbolista se convirtió en el mejor de todos, el club conoció la gloria por primera vez, ambos gestaron una de las simbiosis más intensas y vitales del fútbol. Fue amor a primera vista. Pero para que eso sucediera hubo una vez una crisis, un Barcelona, un amistoso pactado, una mentira, un desgaste.
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Napoli enfrentaba un descalabro financiero y un vacÃo institucional hacia 1984. Diego Maradona era el jugador mejor pago de entonces: jugaba en el Barcelona de España, habÃa ganado tres copas, habÃa aportado pinceladas de su talento, no habÃa conformado a todos, se habÃa enfermado, se habÃa lesionado, lo habÃan suspendido, habÃa jugado un Mundial dos años antes que redujo su influencia y su cotización. Se habÃa convertido en una pieza incómoda. No querÃan ponerlo a la venta tampoco. Nadie querÃa hacerse cargo del fracaso.
Corrado Ferlaino, el presidente desde 1969, tuvo una idea: invitar al Barcelona a jugar un amistoso en su cancha. QuerÃa ofrecerle a su público la posibilidad de ver en vivo a la estrella mundial de apenas 23 años de la que todos hablaban. Maradona era un recurso para generar ingresos. El club español aceptó. Pero cuando el presidente napolitano les preguntó si el argentino iba a jugar el partido, le respondieron que no, que no estaba disponible a causa de una enfermedad. Ferlaino desconfió. Llamó a Jorge Cysterszpiler para saber si el futbolista estaba enfermo. Le dijo que no y le confesó que habÃa cortocircuitos con la dirigencia, un creciente descontento.
“Maradona era un genio del fútbol, pero como todo genio, era un poco desenfrenado. TenÃa un grupo de argentinos que prácticamente vivÃa con él. Paseaban por los bares de Barcelona de noche, discutÃan con la gente y se tomaban a golpes de puño. HabÃa un ambiente negativo de los fanáticos del Barcelona contra él. Por eso querÃa irseâ€, recordó Ferlaino. HabÃa descubierto una infidencia en la intuición de ese llamado. Comprendió que ya no querÃa jugar un amistoso con el Barcelona sino comprarle a su figura. HabÃa fabricado un escenario proclive: Maradona estaba a disgusto, Barcelona aceptaba su partida y solo él lo sabÃa. El motivo de las conversaciones con el mandatario catalán José Luis Núñez cambió.
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“Un dÃa me decÃa que sà y al siguiente, que noâ€, relató. La situación entre el club y el jugador habÃa llegado a un punto de no retorno. La venta era una solución: el único que velaba por la continuidad del argentino era el máximo dirigente catalán. “La postura de Maradona fue determinante para venir, estaba tan decidido a hacerlo como a abandonar Barcelonaâ€, graficó el presidente napolitano.
Ferlaino trabajó a contrarreloj. El mercado de pases terminaba pronto. Fueron dÃas intensos. Se tomó un avión privado a Barcelona para negociar y acordar el traspaso. Antes pasó por Milán, donde estaba la sede de la liga italiana, por entonces la referencia global en el plano futbolÃstico. Dejó un sobre vacÃo en las oficinas donde presumÃa un supuesto contrato firmado por Diego Maradona. Ferlaino era un dirigente audaz y provocador. “Napoli no era un gran equipo, pero Maradona nunca lo supo. Le dije que los fanáticos napolitanos lo esperaban con los brazos abiertos, que Nápoles serÃa su segunda casa. Fueron pasos decisivos para que vinieraâ€, reveló.
Lo que no le reveló lo pagó. Cerró su incorporación en siete millones y medio de dólares a pagar en cuotas: significó el traspaso más caro hasta entonces. Abonó tres millones al contado, dos millones en 1985 y otros dos millones en 1986, el resto correspondÃa a intereses e intermediarios. Convenció a Maradona con el contrato más caro del mundo. Pactaron ochocientos mil dólares por cada una de las cuatro temporadas y ocho cláusulas especiales: el quince por ciento de su pase, una casa con piscina sobre el mar, una vivienda para su representante, dos autos a disposición, el veinticinco por ciento de los ingresos por cada amistoso, premios dobles por partido ganado, ingresos publicitarios y diez pasajes aéreos a Buenos Aires.
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La intervención de los directivos Antonio Iuliano y Dino Celentano fue vital. “Hasta el último momento no tuvimos nada claro de que se fuera a cerrar, incluso el mismo dÃa que lo logramos tuvimos que estar hasta la madrugada para decirnos que no querÃan venderlo, pero al final lo logramosâ€. Núñez acordó la transferencia. Maradona aceptó las condiciones. La liga italiana era la mejor del mundo pero el Napoli era un equipo menor y no habÃa indicios de que alguna vez fuese exitoso. Era el 29 de junio de 1984. Ferlaino habÃa logrado fichar al mejor jugador del mundo. Lo celebró solo en el bar del aeropuerto de Barcelona.
Estaba cansado porque no habÃa dormido durante el viaje de ida. Le pidió un whisky al barman, que al constatar su acento le preguntó si era italiano. El lo corrigió: “Soy napolitanoâ€. Lo miró sorprendido y le comentó: “Napolitano, qué casualidad, acabamos de hacerle una estafa al Napoli. Le vendimos a Maradona, se llevaron un paqueteâ€. Ferlaino se preocupó y le preguntó por qué decÃa que era una estafa. “Me contestó que Diego estaba gordo, acabado y por eso se lo sacaban de encimaâ€, relató. Confesó, a su vez, que el comentario del barman lo habÃa hecho dudar de la transferencia que acababa de cerrar y que ese fue el último dÃa que tomó whisky: “Me hizo un agujero en el estómago. Nunca más volvà a beber. Le tomé ideaâ€. Antes de regresar a Nápoles, Ferlaino pasó por Milán: querÃa cambiar el sobre vacÃo que habÃa dejado en las oficinas del calcio por uno que tuviese el contrato firmado por el futbolista.
El miércoles 4 de julio de 1984 Maradona llegó al aeropuerto de Barcelona para tomar el vuelo AZ 357 con destino a Roma. No quiso viajar por Iberia, sino por una aerolÃnea del paÃs que lo hospedarÃa: ocupó la butaca “K†de la fila cuatro del Boeing “Cittá di Aquileiaâ€. “Espero tranquilidad, la que no tuve en Barcelona. Pero por sobre todo respetoâ€, dijo en una entrevista sobre el avión. Ignoraba todo lo que atravesarÃa. El periodista Bruno Passarelli, corresponsal en Italia de El Gráfico, contó que comió langosta y bebió un sorbo de un espumante italiano abierto en su honor. “Maradona sufrió una breve turbulencia cuando avistamos la isla de Cerdeña y le dije que estaba viendo el paÃs que lo estaba esperandoâ€, contó el comandante Antonio Ussai.
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El vuelo aterrizó cinco minutos después de las dos de la tarde en el aeropuerto de Fiumicino. Maradona, su representante Jorge Cysterszpiler y su encargado de prensa Guillermo Blanco bajaron veinticinco minutos más tarde. El operativo se nutrÃa de doscientos policÃas. No pasó por migraciones ni por control aduanero: gozó del protocolo destinado a jefes de estado y monarcas. Tres autos lo esperaban: un BMW blanco, un Volvo metalizado y un Range Rover. Seis periodistas pudieron infiltrarse en la pista de despegue para abordar al futbolista.
Maradona declaró a lo Maradona. “Quiero convertirme en el Ãdolo de los pibes pobres de Nápoles, que son como era yo cuando vivÃa en Buenos Airesâ€, dijo sobre su nueva ciudad. “Son como la peste, hay que vacunarse contra ellos, pero ya se van a arrepentir por haberme hecho lo que me hicieronâ€, dijo sobre los directivos del Barcelona. “Son rumores falsos, me acusan de ser rico, pero mi mente es pobre, porque quedó la misma que tenÃa años atrás, cuando jugaba por las calles de Buenos Airesâ€, dijo sobre los trascendidos de su supuesta bancarrota.
Llegó a Nápoles en la camioneta Range Rover. Lo recibió un calor pegajoso y una ciudad ajena. A las cinco y veinte de la tarde conoció el estadio San Paolo, un gigante mudo y desierto. Se dieron un apretón de manos con Ferlaino. Le hicieron unos primeros chequeos médicos. Pidió pisar la cancha. Pateó un tiro libre sin barrera que pegó en el ángulo. TenÃa zapatillas blancas, pantalón celeste y remera color crema. Se fue al puerto. Se subió al yate Silfra II del dirigente Antonio Tagliamonte con destino a la isla de Capri veinte minutos después de las siete de la tarde. Sobre el golfo de Nápoles firmó el contrato y celebró la consumación del traspaso con un descorche. El restaurante La Capannina estaba cerrado: cenó tortellini con crema en la trattoria Quisisana. En la madrugada del jueves regresó a Nápoles. Se recostó en la cama de la habitación 212 del hotel Excelsior. Durmió por primera vez en suelo italiano.
Se despertó a las ocho y media de la mañana. Desayunó café con leche, medialunas y jugo de frutas. En la clÃnica Villa del Sole de la calle Manzoni, en el centro de la ciudad, le extrajeron sangre, lo sometieron a una radioscopia de tórax y le radiografiaron las piernas: era humano. Almorzó langosta asada en manteca -según apunta la crónica detallada de El Gráfico- en el restaurante La Sibilia. La ciudad latÃa ansiosa. Las calles estaban exaltadas. Era la bienvenida a un hijo nacido en otro lado. “El club de la ciudad más pobre de Europa, y quizás más pobre de Europa, acaba de comprar al futbolista más caro del mundoâ€, decÃan los presentadores en televisión. Llegó al estadio San Paolo con una boina aplastando sus rulos y un reloj en la muñeca derecha. Lo esperaban ochenta mil personas, siete temporadas y el olimpo.