2 de agosto de 2024
A 20 años de la muerte de Pastoriza: las mejores anécdotas del Pato, contadas por sus ex dirigidos
Sus jugadores recuerdan las enseñanzas del mítico DT, gran motivador y armador de grupos, aunque poco diplomático. Cómo eran sus famosos “asados tácticos”
“Vayan. Sean hombres. Jueguen y ganenâ€. Un puñado de palabras, que alcanzaron a sacudir el alma de ocho jugadores que parecÃan estar a la deriva. Era la noche del 25 de enero de 1978 y en el colmado estadio de Talleres de Córdoba se disputaba la final del campeonato nacional entre el local e Independiente. Un muy cuestionable arbitraje de Roberto Barreiro, habÃa inclinado la cancha a favor de los cordobeses y el punto máximo se produjo a los 74 minutos, al convalidar un gol convertido con la mano por el delantero Bocanelli. Eso hizo explotar definitivamente a los futbolistas rojos, que se lanzaron sobre él, que en un suspiro expulsó a tres jugadores: Enzo Trossero, Rubén Galván y Omar Larrosa. A alguno de los ocho que quedaban en cancha, se le cruzó la idea de retirarse, ante la indignación de sentirse perjudicados. Y fue en ese momento, cuando todo era un loquero en medio de los gritos, que llegaron las palabras de José Omar Pastoriza, el entrenador, el único que logró tener la cabeza frÃa para actuar. Dijo la frase que entró en la leyenda, calmó a su tropa e hizo dos cambios ofensivos, que le permitieron a Ricardo Bochini marcar el antológico gol del tÃtulo (el dÃa de su cumpleaños número 25) y concretar la mayor hazaña del fútbol argentino.
Omar Larrosa tampoco ahorra elogios y se lo nota agradecido al evocar a Pastoriza y aquella noche de leyenda: “Hicimos un campeonato bárbaro, pero lo de ese partido con Talleres fue una locura, donde el Pato tuvo una participación decisiva, mandando a nuestro goleador (Outes), como marcador central y dejando a Bochini, Bertoni y Biondi solos, del medio para arriba. En el momento que me echan y me estoy yendo al vestuario, escuché clarito como el Pato lo paró al Bocha que se querÃa ir al grito de ‘vámonos todos, que nos están robando’. Entonces él les dijo a los muchachos: ‘quédense por favor, que todavÃa queda tiempo’. Reorganizó con maestrÃa a los ocho que quedaban en la cancha. Luego llegó el gol del Bocha y la gloria del tÃtuloâ€.
“Era vivo, atorrante en el buen sentido -continúa Larrosa- con mucha chispa. Fundamental para tener armado el grupo y que éste sea fuerte y solidario. Con pocas palabras y su estilo campechano, explicaba con claridad las cosas y el jugador las entendÃa. Era un tipo abierto y simple, con quien podÃas hablar sin problemas. Yo llegué en 1977 a Independiente y hasta fines del ‘79, cuando se fue el Pato, jugamos tres años de un fútbol brillante. Al dÃa siguiente que salà campeón del mundo con la Selección ante Holanda, tenÃa que viajar a Ecuador, porque Independiente jugaba el martes por la Copa Libertadores. Le pedà por favor a Julio Grondona, que era el presidente del club, que me dejara quedarme unas horas más acá para disfrutar el momento y de la familia y que me iba a tomar el avión para el segundo partido que era el viernes. Llegamos a ese acuerdo, pero Independiente perdió el primer encuentro y el Pato siempre me lo recriminaba: ‘Ay Omar, si vos estabas, ganábamos seguro’. Era un poco en broma y otro poco en serio, pero siempre a su manera, con afecto y haciendo sentir cómodo al futbolistaâ€.Carlos Fren lo tuvo como entrenador y luego fue su ayudante de campo. Se le ilumina el rostro cuando tiene que evocar a José Omar Pastoriza. “Fue como un padre para mÃ. En la época que lo acompañé en Talleres (2003), una noche en cancha de San Lorenzo, me dijo: ‘¿Tenés el pasaporte listo?’ Porque me llamaron de Arabia para ir a dirigir. Andá y fijate como es la cosa. A los dos dÃas de llegar lo llamé por teléfono: ‘Pato, vos acá no podés estar ni dos minutos’ (risas). A él le gustaba salir a comer, a tomar algo. Ahà no habÃa ni un lugar piola. A la madrugada, hacÃan simulacros de bombardeos. La primera noche, estaba durmiendo, y sonó una sirena en el hotel que me volvió loco. Estuve 22 dÃas. Los peores 22 dÃas de mi vidaâ€.
No solo se destacaba en lo relacionado al fútbol. Su personalidad lo hizo recortarse de su lugar natural y aparecer en el cine. En 1972 estaba entre los mejores jugadores del medio local y sin dudas, era el más carismático. Por eso, fue parte de una pelÃcula cuyo tÃtulo remitÃa a una fiebre que se vivÃa por esos años: “Yo gané el prode ¿Y usted?â€, donde hacÃa de sà mismo en los dos ámbitos donde se desarrollaba: como futbolista de Independiente y como dueño de una pizzerÃa, la histórica “Gata alegrÃa†de la avenida Independencia. Allà le daba empleo al padre de un chico humilde, a quien le prometÃa dedicarle un gol. El Pato, como siempre, cumplió.
Otra de las cosas que ha distinguido a Pastoriza es ser el único que fue jugador y entrenador de Racing e Independiente. Vistió los colores de la Academia entre 1964 y 1965 y fue su técnico entre 1981 y 1982. En la primera de esas temporadas como DT conformó un gran equipo donde sobresalÃan Gabriel Calderón, Juan Barbas, Julio Olarticoechea y el talentoso Juan Ramón Carrasco, quien vivió una situación especial: “Una vez en Santa Fe perdimos un partido y al ir para el ómnibus vimos que estaba la hinchada esperando. En el ambiente flotaba la sensación que se podÃa armar lÃo en cualquier momento. Y yo pasé delante de todos como siempre, normal, no como otros que miran para ver si lo saludan. Cuando uno se queda tranquilo por lo que entregó dentro de la cancha, no tiene por qué tener miedo y si anduve mal no busco congraciarme con los hinchas. Me senté en el ómnibus y a uno se le da por gritarme. Bajé y me le fui derechito. Le pegué y se armó un lÃo tremendo. Ahà empezaron a bajar algunos de mis compañeros como Van Tuyne, Berta y Vivalda. Al otro dÃa, en el entrenamiento en Avellaneda, el Pato Pastoriza, sin dar nombres, los mató a los que no se bajaron diciendo: “Acá cuando se pelea uno, nos peleamos todos, y lo voy a decir una sola vez y no quiero volver a repetirlo. En caso contrario, van a tener problemas conmigo mano a mano. Del mismo modo que cuando se gana van todos a cobrar el premio, cuando se pelea un compañero tenemos que estar todos juntos. Que no tenga que volver a repetirloâ€.Pedro Damián Monzón habÃa surgido de las inferiores y buscaba ganarse su lugar en primera, allá por mediados de 1983. No fueron fáciles los primeros tiempos con el Pato: “En cuanto llegó me di cuenta que tenÃa un carácter tremendamente fuerte y que Ãbamos a chocar. Y efectivamente asà fue, porque yo sentÃa que tenÃa que jugar de titular, en lugar de cualquiera de los dos centrales, que eran nada menos que Villaverde y Trossero. Pero siempre con respeto. Al comenzar 1986, sabÃa que me tenÃa que ir porque no iba a jugar. Y el Pato me desafió delante de todos mis compañeros, sentados en el cÃrculo central del estadio. Dijo: ‘El que siente que no tiene que estar porque no va a jugar, que ponga lo que hay que poner sobre la mesa, que levante la mano y lo diga’. Obviamente levanté la mano y dije ‘me voy yo’. Me levanté y fui llorando hacia el túnel, pero sin mirar para atrás, para que no me vieran. En realidad estaba esperando que me llamara para decirme que era una joda. Pero era de verdad y me tuve que ir de mi casa que era Independiente por seis meses. Pero con el paso del tiempo, el que tenÃa la razón era élâ€.
Monzón es agradecido: “Pasado ese tiempo, tuvimos una relación enorme. Cuando tuvieron que operar a mi hijo Brian del corazón, Pastoriza me conectó con un médico que era amigo suyo del hospital Italiano y habló con muchos periodistas para que hagan campaña pidiendo dadores de sangre. De lo duro que a veces era en el tema deportivo, fue el que más me ayudó en ese momento tan delicado de mi vida. Fue una persona que me marcó mucho.â€Ese equipo de Independiente quedó en la historia, sobre todo por obtener la Copa Libertadores de 1984. Sergio Bufarini era un pibe en ese plantel que abrazó la gloria: “HabÃamos ganado la primera final contra Gremio en Porto Alegre 1-0, pero sabÃamos que la revancha iba a ser difÃcil y sentÃamos los nervios de estar tan cerca de ser campeones. Antes del partido, Pastoriza nos reunió y dijo: ‘Muchachos, del segundo nadie se acuerda. Esto de hoy va a ser para siempre. Si lo logramos, cada vez que digan Independiente 1984, los van a nombrar a ustedes’. Y tenÃa razón. Lo que nadie hubiese imaginado que esa iba a ser, hasta hoy, la última del rojoâ€.En enero de 1988, José Omar Pastoriza asumió en Boca. Rápidamente remotivó al plantel y al abrirse el mercado de pases a mitad de año, realizó muy buena incorporaciones. Entre ellas, un arquero que llegó de Velez, para quedar en la historia del club: Carlos Navarro Montoya: “El Pato fue siempre un tipo muy cercano, de manejarse con la verdad, algo que el futbolista siempre agradece. Creaba y fomentaba muy buenos grupos. Con el paso del tiempo llegamos a tener una relación de amistad y de afecto con las familias. Siempre le voy a estar agradecido por haberme pedido para Boca y luego confirmarme en la titularidad. Ahora parece fácil, pero en ese momento no lo era, porque estaba dejando de lado nada menos que a Hugo Gatti, un Ãdolo no solo del club sino del fútbol argentino. Recuerdo que cuando llegué, lo único que le pedà es que si yo demostraba que estaba mejor que Hugo, que confiara en mÃ. Me respondió: ‘Mirá, conmigo siempre van a jugar los que estén mejor’. El Pato era un hombre de palabra y cumplió. Ya en la segunda fecha del torneo me dio la titularidad y la confirmación fue a su estilo: muy natural, sin demasiado protocolo. Me dijo que iba a jugar, que estuviera tranquilo. Le ganamos a River 2-0 en el Monumental. Tanto él como su cuerpo técnico fueron claves en mi carrera deportiva y en todo lo lindo que vino en Boca despuésâ€.
Navarro Montoya también se refiera a una leyenda acompañó siempre al Pastoriza entrenador y eran sus famosos asados, con los que muchos querÃan menospreciar su manera de trabajar, diferente a otros técnicos: “Esos asados eran una excusa para vincular y unir al grupo. Era un placer ir a entrenar si estaba él, que era alguien muy llano y muy cercano, pero con una autoridad tremenda. Cuando decÃa algo, era palabra santa. TenÃa la misma relación con los chicos que con los grandes. Fue un grande de nuestro fútbol, más allá de los resultados, que los consiguió también. Era un fenómeno. Es inevitable no recordarlo con una sonrisaâ€.
La misma sonrisa que se le dibuja a Luciano de Bruno, cuando evoca grandes momentos con el Pato: “Para la temporada 2003/04 llegué a Talleres desde México. Aparecà en el hotel a dos dÃas del debut en el torneo y sin conocer a nadie. Cuando me vio en el lobby me dijo: ‘Venà Del Bono’. Le respondÃ: ‘No soy Del Bono, De Bruno’. Y ahà tuvo una gran salida: ‘Bueno, como mierda te llames, venà para acá. ¿Estás para jugar?’. Le respondà que sÃ. El domingo fui al banco contra Arsenal y me metió en el segundo tiempo. PerdÃamos 1-0 y faltado 15 minutos tuvimos un penal a favor. Agarré la pelota y Sebastián Carrizo que era el encargado me dijo: ‘¿Qué hacés nene?’. Obviamente le contesté que iba a patear, mientras el Pato desde el banco movÃa los brazos diciendo que no. Pateé y metà el gol. En el vestuario, vino Pastoriza: ‘Qué huevos que tenés, pibe. Sos de Rosario como yo’.Pero De Bruno tiene más anécdotas: “Luego de ese partido me pidió que el lunes lo pasara a buscar para ir con mi auto desde Rosario hasta Córdoba. El domingo a la noche salà con mis amigos y volvà tarde a la casa de mis suegros donde vivÃamos con mi esposa. Cuando llegué, tenÃa la ropa mÃa tirada en la calle. Mi mujer me dijo de todo y ni entré, entonces me fui a dar vueltas, haciendo tiempo hasta ir a buscar a Pastoriza. Me habÃa dicho que era en la calle Juan José Paso, pero la dirección exacta y el número de teléfono estaban en lo de mi suegra… Anduve dos horas por esa calle tocando bocina a ver si aparecÃa (risas). En una esquina lo vi, parado con sobretodo y cara de pocos amigos. Subió y me dijo de todo. Arrancamos por la ruta y cuando el sol pegaba en la cara, comencé a sentir el efecto de no haber pegado un ojo en toda la noche y me empecé a dormir. En un momento se me fue el volante para el costado. Me puteó de arriba abajo y me decÃa que iba a hablar con mi representante para que me manden de vuelta. Agarró el volante y prendió un cigarrillo. Lo empecé a mirar y me dijo: ‘No me digas que encima fumás. Bueno, tomá’. Me dio uno y fui hasta Córdoba, sentado al lado del técnico al que recién conocÃa, durmiendo en el asiento de al ladoâ€Con visible emoción, Omar Larrosa deja una frase: “Es una lástima que la vida se lo haya llevado tan rápidoâ€. Una sÃntesis exacta de sienten aquellos que lo conocieron. Y los que no tuvieron el gusto, también. Porque la manera de ser del Pato, quedará por siempre adherida al ADN del fútbol argentino.