8 de septiembre de 2024
Matar a Leningrado: los 872 días de bloqueo nazi que llevaron a la población a comer carne humana y a quemar su libros
El sitio de la ciudad soviética, hoy llamada San Petersburgo como en un su pasado zarista, fue ordenado por Hitler el 8 de septiembre de 1941 tras su invasión en junio de ese año. Su propósito de borrarla de la faz de la tierra y la desesperada lucha por la supervivencia de sus habitantes, decididos a comer cualquier cosa que pareciera aportar un nutriente e incendiar sus pertenencias para combatir el frío
Fue decisión de Adolfo Hitler. Aquel criminal al que Europa habÃa dado patente de estadista, aquel psicópata que habÃa logrado su sueño de gobernar sin el Reichstag y por decretos, que habÃa suprimido la prensa alemana, que habÃa establecido leyes raciales, que ya albergaba a miles de sombras humanas en sus campos de concentración; aquel maniático que odiaba a la socialdemocracia, que ardÃa en encendidos discursos festejados por sus fanáticos, aquel lunático insultante al que Europa pensó que podÃa controlar, ordenó a su poderoso ejército, triunfante entonces en la URSS tras la invasión de junio de ese año, que rodeara a Leningrado y se sentara a esperar a que el invierno, la nieve, las temperaturas de más de cuarenta grados bajo cero que caÃan sobre aquella ciudad casi polar, la falta de alimentos y de medicinas hicieran su trabajo: liquidar todo rastro de vida en aquella orgullosa ciudad.
Hitler tenÃa sus razones para arrasar con Leningrado: razones prácticas y simbólicas. Primero, pensaba, y pensaba bien, que el dominio de la ciudad le permitirÃa llevar adelante su plan de invasión y aniquilamiento de la Unión Soviética. Segundo, la rendición de Leningrado iba a dejar paralizada e inoperante a la poderosa flota soviética del Báltico y dejaba las aguas abiertas para transportar el hierro esquilmado desde Suecia hasta Alemania, hierro destinado a alimentar la fabulosa maquinaria de guerra nazi. Tercero, iba a apoderarse de un enclave industrial vital: en 1939, cuando empezó la guerra, Leningrado alimentaba el once por ciento de toda la producción soviética. Cuarto, Hitler querÃa adueñarse de esa ciudad fundada por el zar Pedro El Grande en el siglo XVIII y que habÃa sido en gran parte la cuna de la modernización de Rusia. Quinto, habÃa sido allÃ, cuando Leningrado se llamaba San Petersburgo, donde habÃa nacido la Revolución Rusa de 1917 contra la que arremetÃa el Reich en su sangriento intento de dominar Europa. Sexto: la ciudad, rebautizada, llevaba el nombre del lÃder de aquella revolución, Vladimir Lenin: arrasar con ella tenÃa un doble valor.
Los rusos supieron enseguida que Leningrado iba a ser atacada y probablemente destruida, no en verdad por el hambre y el frÃo, pero sà por los invasores. Cuando las tropas nazis se acercaron a la ciudad, varios trenes con refugiados, mujeres y chicos en su mayorÃa, salieron de Leningrado rumbo a Moscú en trenes despachados con urgencia, abarrotados por desesperados. En uno de esos trenes salió de la que era su ciudad natal un chico de cuatro años que en aquellos vagones se entretuvo con un nuevo juego por aprender, el ajedrez: era Boris Spassky, que serÃa campeón mundial de la URSS entre 1969 y 1972. De la población total de la ciudad, 3.100.000 personas, 1.743.129 fueron evacuados entre junio de 1941 y, burlando el cerco alemán, marzo de 1943: entre los evacuados huyeron 414.148 chicos. Antes del cerco alemán, noventa y dos de las más importantes industrias de Leningrado habÃan sido reubicadas en los Urales, Siberia y Kazajistán.
Cuando los nazis rodearon la ciudad, se toparon con doscientos mil defensores que frenaron su avance y con una serie de fortificaciones que habÃan sido levantadas de apuro por los civiles. El mismo dÃa que empezó el cerco, un bombardeo nazi dejó caer seis mil bombas incendiarias que destruyeron el vital gran depósito de alimentos de Leningrado. Cinco dÃas después, los nazis capturaron la ciudad de Novgorod y cortaron asà la carretera que llevaba a Moscú.Con los alemanes en poder de Novgorod, Stalin relevó de la defensa de Leningrado al mariscal Kliment Voroshilov porque lo juzgó incompetente. Mandó en su reemplazo a otro mariscal del Ejército Rojo, Gueorgui Zhukov que, cuatro años después, entrarÃa triunfante en la BerlÃn destruida. Zhukov llevaba una nota escrita a mano por Stalin destinada a Voroshilov. DecÃa: “Entregue el mando a Zhukov y regrese a Moscú inmediatamenteâ€. Ese era el estilo Stalin y eso hizo el atribulado Voroshilov. Fue acusado de “errores graves†en la defensa de Leningrado, un cargo que, de tratarse de otra persona, lo hubiera llevado de cráneo al paredón de fusilamiento. Pero Voroshilov era amigo de Stalin, asà que fue a parar a la retaguardia.Las autoridades militares soviéticas racionaron los alimentos, ya que las bombas alemanas habÃan destruido los grandes almacenes y depósitos, entre ellos el de Badaev, al sur oeste de la ciudad, donde se almacenaba todo el grano, la carne, la manteca de cerdo y la manteca común de la ciudad. Voroshilov, el mariscal desplazado por incompetente, no habÃa tomado ninguna medida para dispersar el alimento almacenado. Como preveÃan, y preveÃan bien, un cerco prolongado el racionamiento quedó fijado en 500 gramos diarios de pan para los obreros, 300 gramos diarios para los chicos y empleados y 250 gramos por dÃa para quienes no trabajaban.
Es tradición, o lo era en aquellos tiempos, decir que la Unión Soviética contó siempre con la ayuda invalorable de tres valiosos generales: diciembre, enero y febrero, el invierno. En Leningrado, por primera vez, los generales se pasaron al enemigo. Las magras raciones de pan empezaron a ser complementadas por la carne que se podÃa conseguir, que era muy poca. De manera que todos los animales del zoológico fueron sacrificados en los primeros meses del invierno. A los animales del zoológico les siguieron los animales domésticos y las mascotas. Se tornó comestible, o casi, la pasta para empapelar paredes, hecha con derivados de la papa; se usó el cuero de los cinturones y de zapatos en desuso para crear una especie de gelatina extraña de gusto indescifrable y de dudoso valor proteico. Los habitantes de Leningrado cocinaron yuyos, malezas, arbustos, plantas silvestres, todo lo que no fuese venenoso para incorporar a aquella dieta del hambre. Mientras, los cientÃficos soviéticos intentaban obtener vitaminas de las agujas del pino, que en Leningrado sobraban. Cualquier cosa era buena para combatir el hambre. Pero el hambre, como siempre, pudo más.
Fue entonces cuando apareció el canibalismo en el escenario aterrador de aquella silenciosa batalla irracional. Y fue en diciembre de 1942, cuando Leningrado llevaba sitiada un año y tres meses, cuando el famoso NKVD, el Comisariado para Asuntos Internos, detuvo a 2.145 personas acusadas de canibalismo y los dividió entre “comedores de cadáveres†y “comedores de muertosâ€. De todos los detenidos, sólo el dos por ciento tenÃa antecedentes penales. Además de la carne humana, el objeto más codiciado entre los muertos era la tarjeta de racionamiento. En esos dÃas también fueron menú humano las semillas destinadas al ganado, los huesos y las pieles de vaca que se hervÃan durante horas hasta obtener un material viscoso, untuoso y espeso que, por desesperación o con ironÃa fue bautizado como “mermelada de carneâ€. En busca de nutrientes, los sitiados llegaron a fermentar el aserrÃn para preparar una extraña “sopa†que suponÃan podÃa alimentar, o que mezclaban con la escasa harina que restaba para fabricar una especie de pan negro.En su detallado relato de aquel horror, “The 900 days – The siege of Leningradâ€, el historiador británico Harrison Salisbury narra decenas de historias de familias enteras que murieron de frÃo, encerradas en su casa y sin más nada que quemar en sus hogares; de personas a las que el hambre derrumbaba en la calle y ya no volvÃan a ponerse en pie, de brigadas de voluntarios callejeros recolectores de cadáveres en carretillas improvisadas; de parques en los que habÃan desaparecido plantas, bulbos, pájaros y hasta los cuervos, que también habÃan graznado por hambre. En aquella Leningrado hambrienta ya no circulaban ni perros, ni gatos, ni ratas, no volaban palomas, no nadaban los patos en los estanques. El Instituto CientÃfico de Leningrado habÃa creado una especie de harina a base de caparazones de moluscos finamente trituradas y mezclada con aserrÃn. Nada era suficiente. La población comÃa apenas el diez por ciento de las calorÃas indispensables: miles de personas morÃan por desnutrición.
El servicio de transporte público habÃa dejado de funcionar porque no habÃa combustible; y si algo quedaba, se destinaba a la defensa. No circulaba corriente eléctrica: sólo las instalaciones militares tenÃan acceso al suministro. Leningrado era una ciudad paralizada, muda, oscura, hambrienta, muerta. En medio de la desolación floreció el mercado negro: unos pocos gramos de harina o de azúcar eran vendidos a precios imposibles, aun a riesgo del fusilamiento inmediato de los mercaderes, ordenado por Zhukov que habÃa implantado la ley marcial.Después de la guerra, fue hallado el diario de una chica de once años, Tatiana Sávicheva, una especie de Anna Frank de la URSS, que narraba página por página, con estremecedora sencillez, cómo morÃan por hambre, uno a uno, los miembros de su familia. Tatiana tampoco sobrevivió pero las páginas de su diario fueron presentadas como pruebas en los juicios de Núremberg que juzgaron a los militares alemanes que sitiaron Leningrado.El 26 de enero de 1944, Stalin declaró que el sitio de Leningrado habÃa sido levantado y que los alemanes habÃan sido expulsados. El bloqueo habÃa durado 872 dÃas y la noticia fue saludada con veinte cañonazos disparados por 324 cañones. La ofensiva terminó el 1 de marzo, cuando entró en otra etapa dirigida por Zhukov: perseguir al XVI Cuerpo de Ejército Alemán. No iban a parar hasta BerlÃn.
Los juicios de Núremberg fijaron en 642.000 los muertos civiles en Leningrado, la mayorÃa por hambre y frÃo. Los soviéticos elevaron esa cifra a un millón de personas. Los historiadores occidentales creen que el número es aún mayor que el millón y que otros cientos de miles de personas murieron por los bombardeos nazis. En todo caso, la cifra más piadosa supera a las 800.000 muertos: es una cifra mayor que las bajas de Estados Unidos y Gran Bretaña en toda la Segunda Guerra.Es en San Petersburgo, la antigua Leningrado, donde descansan los restos de la familia Romanov, los últimos zares de Rusia. Todos, el zar Nicolás, la zarina Alejandra y sus cinco hijos, cuatro muchachas y el joven heredero Alexander, fueron fusilados por los bolcheviques en julio de 1918.