2 de octubre de 2024
Hace 100 años la selección argentina convertía el primer gol olímpico del fútbol mundial: la historia detrás y por qué se lo llamó así
El delantero argentino Cesáreo Onzari fue el encargado de anotar una conquista que quedaría para la historia. Un estadio colmado, un rival particular y un clima complicado en las tribunas signaron la jornada
Apenas unas semanas antes, la International Board, dando curso a un pedido de la Asociación Escocesa, habÃa aprobado el cambio, por lo que se permitÃa que los tiros de esquina se ejecutasen directamente, pudiéndose marcar goles de esa manera. La notificación estaba en poder de las distintas asociaciones, pero muchos desconocÃan de su reglamentación. Uno de los pocos debidamente informados, era el juez que no dudó un instante en convalidar el tanto. Debido a que Uruguay era el reciente ganador de la medalla dorada en los juegos de ParÃs, desde ese momento, a esa conquista se la conoce como gol olÃmpico.
Cesáreo Onzari era un extremo de Huracán, que se destacaba por su habilidad y velocidad, aunque no solo actuaba pegado a la raya, como se estilaba en esos tiempos, sino que también era temible con las diagonales. Desde aquella tarde, adquirió fama internacional, dejando el sello de una jugada para todos los tiempos. Tanto es asÃ, que, durante muchos años, cada vez que se concretaba un gol con esa modalidad se decÃa “un gol como el de Onzari a los olÃmpicosâ€. Como era lógico suponer, la extensión de la frase era incómoda y se la redujo a gol olÃmpico, tal como la conocemos en la actualidad.En principio ese iba a ser uno de los tantos amistosos que disputaron los clásicos rivales del RÃo de la Plata en las primeras décadas del siglo pasado, pero este se fue llenando de condimentos, hasta hacerlo único e irrepetible. La selección uruguaya venÃa de ganar la medalla dorada en los Juegos OlÃmpicos de ParÃs, que la hizo colocarse en la cima del fútbol mundial. A su regreso, se organizaron dos partidos, uno en Montevideo y otro en Buenos Aires, que tendrÃa como sede la cancha de Sportivo Barracas, sita en los cruces de Luzuriaga y Tomás de Iriarte, donde actualmente está emplazado el parque Pereyra. Era un estadio moderno para la época, donde incluso, ese mismo año, combatió Luis Ãngel Firpo. La selección actuó allà hasta 1932, diez años antes de su demolición.Pese a las condiciones anormales, el árbitro dio la orden de comenzar, pero tan solo cuatro minutos más tarde debió detener las acciones. AgustÃn P. Justo, por entonces ministro de Guerra y ocho años más tarde, presidente de la Nación, estaba presente e intentó ordenar la situación, pero el caos se declaró, no solo por la invasión, sino porque hubo agresiones y desmanes, que llevaron a los uruguayos a tener que refugiarse en el vestuario. Para completar un panorama muy particular, se desató una intensa lluvia, que el público resistió en forma estoica por casi tres horas, esperando una reanudación que nunca llegó.
Se lo postergó por cuatro dÃas y fue allà donde los dirigentes orientales, dejaron claras sus exigencias para que la continuación tuviera condiciones acordes, que constaban de varios puntos. Uno de ellas era la colocación de un alambrado perimetral, para evitar más momentos de zozobra. Sus pares argentinos se pusieron a trabajar y, de ese modo, el 2 de octubre estuvo lista la obra, que desde ese momento se conoció como “alambrado olÃmpicoâ€, por tener como visitantes a los campeones de los juegos.Como se estilaba por aquellos tiempos, un árbitro argentino dirigÃa el clásico en tierras uruguayas y viceversa. El oriental Ricardo Vallarino dio la orden y comenzó el match ante casi 40.000 espectadores, que observaron una violencia excesiva, que se vio reflejada en la fractura que el delantero Pedro Cea le produjo a Adolfo Celi, zaguero de Newell’s. Eran tiempos donde los cambios no estaban permitidos, pero ante una instancia asÃ, los visitantes aceptaron el ingreso de un futbolista, que fue Ludovico Bidoglio, de Boca Juniors, quien tuvo un largo recorrido con la camiseta celeste y blanca.
Uruguay alcanzó el empate por intermedio de Cea, pero Argentina logró el 2-1 definitivo con la conquista de Domingo Tarasconi, potente delantero Xeneize, uno de los más grandes goleadores de aquellos años, quien quedarÃa inmortalizado en la voz de Carlos Gardel, en el tango “Pataduraâ€, donde se realzaban a algunos cracks de la época: “Hacer como Tarasca de media cancha un golâ€. Para Onzari no fue una jornada felizmente completa: a cuatro minutos del epÃlogo, fue lesionado por José Andrade, lo que devino en la suspensión el encuentro, ya que el público reprobó la violencia del juego de los visitantes, lanzando todo tipo de proyectiles al campo de juego.Han pasado 100 años, y en el devenir del fútbol, hemos visto muchos goles olÃmpicos, en una de las acciones del fútbol que requiere de mayor precisión y astucia. Quien hubiese pensando en aquella soleada tarde porteña de 1924, que allà se estaba levantando el telón de una historia maravillosa. Y en el centenario, debemos repartir las gracias: a Cesáreo Onzari por tan fantástica pegada, al árbitro, por estar al tanto de las novedades reglamentarias, sin whatsapp ni redes sociales y al certero fotógrafo, perfectamente ubicado, que no dudó en disparar su cámara en ese instante, que se convirtió en eterno.