6 de noviembre de 2024
Un argentino en el país menos visitado del mundo: “La llegada del avión es un evento social, los chicos aplauden al lado de la pista”
Felipe Pollitzser, porteño de 24 años, también se sorprendió sobre los múltiples usos que las autoridades locales le dan a la pista de aterrizaje. Cuando no hay aeronaves, la transforman en calle y playón deportivo. “Apenas reciben entre tres ó cuatro vuelos por semana”, contó
Esa pista, que cuando no hay vuelos, se convierte en lugar de tránsito de motos y bicicletas y la arteria de la vida social del lugar, merece algunas explicaciones aparte. “Cuando aterricé vi una imagen insólita. Los chicos aplaudÃan y saludaban con una mezcla de euforia y curiosidad, y muchos caminaban por la pista con una naturalidad que no habÃa visto en ninguna otra parteâ€, relató. “Era como si un espectáculo hubiera llegado al pueblo. Era un festejo para ellos, y a mà me hizo sentir como si el paÃs entero estuviera allÃ, dándome la bienvenidaâ€, agregó.
Al bajar del avión, Felipe sintió no solo el calor de la mirada de los lugareños sino también la curiosidad y la euforia de los pequeños que lo rodeaban. Para él, acostumbrado a aeropuertos impersonales y a llegadas sin aplausos, ese recibimiento fue una experiencia surrealista, un recordatorio de que en Tuvalu, hasta lo cotidiano tenÃa un tinte extraordinario.
“El oficial, descalzo, me extendió un formulario escrito a bolÃgrafo y me dio una sonrisa despreocupada. No habÃa nadie apurado en ese aeropuerto improvisado, ni oficiales tensos. De hecho, la llegada de un avión era lo más cercano a un evento socialâ€, ejemplificó al hacer referencia a la alegrÃa de los más pequeños.
Felipe permaneció cuatro dÃas en Funafutim, su capital. Para él, visitar Tuvalu no fue solo una travesÃa turÃstica. QuerÃa descubrir cómo se vivÃa en una cultura diferente, entender cómo era la existencia cotidiana en un lugar tan desconectado de las preocupaciones de Occidente. QuerÃa observar, aprender y, sobre todo, absorber la esencia de esa isla para plasmarla algún dÃa en sus libros.Durante su estadÃa, Felipe se sumergió en una experiencia única y sencilla, donde las actividades cotidianas parecÃan despojarse de todo lo accesorio. La isla, sin atracciones turÃsticas ni itinerarios, lo invitaba a recorrerla sin prisa.
Uno de sus primeros deseos fue llegar a las puntas de la isla, donde el territorio se angosta hasta apenas dejar unos metros de tierra entre el océano y una gran laguna. AllÃ, con el mar a un lado y la laguna al otro, Felipe sintió que estaba parado en el borde del mundo. “Esa franja de tierra te hace darte cuenta de lo frágil que es este lugar. La isla podrÃa desaparecer bajo el agua en cualquier momentoâ€, relató.En sus ratos libres, Felipe aprovechó para nadar en el mar. Sorprendentemente, estaba siempre solo en la playa; los locales apenas se metÃan al agua. La escena de los niños jugando en un container de metal, que usaban como piscina improvisada, también lo cautivó: “Era la simpleza hecha felicidad. No necesitaban más que agua y un espacio para reÃr y disfrutarâ€.
Felipe se instaló en uno de los pocos hoteles disponibles. “Era muy austero, como un hospedaje de otro tiempo. No habÃa lujos ni instalaciones modernasâ€, describió. A su alrededor no habÃa bares ni heladerÃas, apenas algunos supermercados.Este pequeño paÃs insular de la Polinesia, compuesto por atolones coralinos, se encuentra a tan solo unos metros sobre el nivel del mar, con una elevación promedio de 1,8 a 4,5 metros, lo que lo convierte en uno de los paÃses más vulnerables a la subida del océano. Además, Tuvalu sufre de la erosión costera y la intrusión de agua salina en sus fuentes de agua dulce, lo que alteró gravemente el ecosistema y dificultado la agricultura.
Durante sus paseos y exploraciones, Felipe comenzó a llamar la atención de los más jóvenes. En un lugar donde casi nunca llegan extranjeros, su presencia se volvió el centro de atención. Los niños lo seguÃan en silencio, se acercaban cautelosos y reÃan cuando él intentaba saludarlos. “Me sentà observado como nunca en mi vidaâ€, confesó, recordando cómo los pequeños siempre querÃan saber su nacionalidad. “Cuando les contaba que era de Argentina, automáticamente alguien gritaba ‘¡Messi!’â€, recordó.En su último dÃa en Tuvalu, cuando el avión comenzó a elevarse y el paisaje de lagunas, playas y pequeñas casas sin ventanas desaparecÃan bajo las alas, sintió que dejaba atrás más que una isla: abandonaba una vida en pausa, detenida en el tiempo. AllÃ, donde el mar se usa para pescar más que para refrescarse, y los adultos trabajan solo las horas justas para sobrevivir, habÃa encontrado algo. No era ni turismo ni aventura. Era la certeza de que, en medio de esa simpleza extrema, él era el extraño. Y supo, mientras miraba la lÃnea del horizonte perderse en la distancia, que volverÃa a la civilización con una pregunta sin respuesta: “¿Qué tan lejos estamos, realmente, de la felicidad?â€.