6 de noviembre de 2024
Un disparo la dejó en silla de ruedas a los 9 años, le dijeron que jamás sería mamá y la vida le dio una hermosa revancha
Micaela Villarreal tiene hoy 26 años. El 30 de enero de 2008, una pelea en su barrio, ajena a su familia, terminó con un balazo incrustado en su espalda. Quedó con paraplejia medular. Resiliente, a lo largo de su rehabilitación padeció mucha discriminación, pero también recibió solidaridad. Sin bajar los brazos, hoy disfruta de estar en pareja y ser madre de un niño de dos años
La noche que su vida cambió estaba en su casa. Afuera se escucharon gritos. Después, amenazas. Y por último, disparos. Micaela se arrojó al suelo. Era lo que le habÃa dicho su mamá. Pero justo en ese momento ingresó corriendo su primo, que tenÃa 5 años y huÃa del caos de la calle. “Le grité que se tire al piso. Y no me escuchó. Él estaba preocupado por su papá y sus hermanos. Entonces me levanté para tirarlo yo…â€. Justo en ese instante, una bala atravesó la ventana. En su trayecto se encontró con Micaela. Le perforó la espalda. Le destrozó la columna vertebral y la médula. La niña quedó inmóvil, en el piso. Afuera, la inconcebible batalla seguÃa. Luego lo supo: dos jóvenes se peleaban por una reproductora de DVD. La policÃa los detuvo. Eran menores. En horas, estuvieron en la calle. Mientras ellos quedaban libres, Micaela peleaba por su vida.
La bala todavÃa está dentro suyo. “La tengo alojada cerca de las costillas. No me produce ninguna sensación. Es un accesorio de mi cuerpoâ€, explica con simpleza.
“No sentà nada al principioâ€, recuerda. “Vino mi mamá y me quiso levantar, pero no podÃa. Yo apenas la escuchabaâ€. Su tÃo Junior la alzó en brazos y salió corriendo con ella. Afuera seguÃan los balazos, él les gritó que terminaran. Justo apareció un vecino que volvÃa de la iglesia con su auto y los llevó hasta la salita de primeros auxilios de Caraza. El destino parecÃa alineado. “Tuve la suerte que la ambulancia estaba justo ahà para llevarme al hospital. Era muy raro que estuviera…â€, recuerda.A partir de ese momento, la joven no recuerda nada más del dÃa en que fue baleada. Pero el milagro llegó.
Micaela concurrÃa al merendero de Juan Grabois y su esposa, Morena, en Villa Caraza. “Lo conocÃamos, y mi mamá se contactó con élâ€. Grabois, dice, consiguió que la enviaran al hospital Posadas, donde comenzó su lucha para adaptarse al futuro que le esperaba. “Y desde ahÃ, él y su esposa empezaron a ayudarme en un montón de cosas de la rehabilitación. Nunca me dejaron solaâ€, subraya.
En el Posadas, los médicos fueron brutalmente sinceros con la gravedad de la lesión: la médula estaba rota, lo que significaba que no volverÃa a caminar. “Me dijeron que tendrÃa que aprender a vivir en silla de ruedas y que eso serÃa permanenteâ€, recuerda.Y aunque muchos en el hospital la recibieron bien, allà sufrió el primer acto de discriminación que recuerda. “Cuando me pasaron a una sala, me da un poco de pudor contar esto, me hacÃan enemas porque con tanto medicamento y anestesia, no podÃa ir al baño sola. Y la enfermera querÃa que me las hiciera yo. Y no podÃa. porque no sabÃa cómo se hacÃan. HabÃa otros pacientes que me decÃan ‘eso es trabajo de la enfermera’. Yo tenÃa nueve años. Mi mamá se enojó mucho y discutió hasta que a la enfermera la suspendieronâ€, afirma.La vida en casa también cambió. A los pocos meses del accidente, la familia se mudó a la casa de su abuela, a pocas cuadras de donde vivÃan, buscando seguridad. Porque no todo era paz. Ellos conocÃan a los agresores y a sus familias, eran vecinos del barrio. HabÃan hecho la denuncia, pero no prosperó. “Empezaron a amenazarnos y la tuvimos que retirarâ€, admite Micaela.
Cuando finalmente regresó a la escuela 79, con la ayuda de su maestra Cecilia, quien consiguió una silla de ruedas para ella, el recibimiento de sus compañeros y sus familiares fue cálido. “Me acuerdo que un papá me hizo una rampa para que pueda entrar a la escuela y los chicos me ayudaban siempre. Fue difÃcil, pero me hacÃan sentir parteâ€, cuenta. Terminó el primario en el hospital de niños Gutiérrez, donde debió internarse porque, explica, “después de estar mucho tiempo en la silla, sin movimiento, no tenÃa circulación en la sangre y me aparecieron úlcerasâ€.La indignación de su madre fue imparable. “¿Qué diferencia hay? ¡Son las mismas instalaciones, los mismos baños, las mismas aulas!â€, les reprochó. Al final, gracias a la presión, Micaela fue aceptada de nuevo en su escuela. “Después de eso la directora renunció, pero yo me quedé malâ€, dice Micaela, quien en su adolescencia debió luchar para adaptarse a un mundo que parecÃa querer dejarla de lado.
A medida que avanzaba en su tratamiento y convivÃa con su nueva realidad, Micaela experimentó episodios de ansiedad y ataques de pánico. “La gente te observa, y sentÃs que no sos parte de nadaâ€, explica. A su corta edad, comenzó a asistir a terapia para aprender a sobrellevar el peso de su situación, que se multiplicaba con cada mirada extraña, con cada palabra mal intencionada.
Para peor, para esa época fue la última vez que supo algo de su padre biológico. “Hoy, él no cuentaâ€, remata. “Lo vi por última vez cuando tenÃa tres años, y después sólo supe de él porque mi mamá me señalaba en la calle: ‘Él es tu papá de verdad’.†Cuando a los 13 años a Micaela le surgió una oportunidad de tratamiento en Cuba, necesitaron la firma de su padre para poder salir del paÃs. “Mi mamá lo contactó, le explicó que yo necesitaba la firma para poder irme, pero él se negó. Dijo que no le importaba lo que me pasara. Dijo que preferÃa que me murieraâ€. El viaje no se hizo. Por eso, cada vez que puede, reivindica a José Alberto como su verdadero padre.Pero como algunos la dejaron de lado, recibió el apoyo de muchos otros. Por ejemplo, Micaela nunca dejará de agradecera Sergio Sánchez, un hombre del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), una organización que ayuda a recolectores urbanos como eran sus padres. Él se ocupó, por ejemplo, que tuviera un medio de transporte para asistir a su rehabilitación en el centro IREF de Núñez: la llevaban desde el Camino Negro por toda la General Paz en los mismos camiones que llevaban los cartones. En rehabilitación, pasaba horas trabajando con fisioterapeutas y kinesiólogos. Este esfuerzo no solo requerÃa su fortaleza fÃsica, sino también su voluntad para aceptar que su vida, desde entonces, dependerÃa de su capacidad de resiliencia.A los dieciséis, José le propuso que fueran novios. Micaela se negó, aunque no por falta de sentimientos, sino por temor. “Él no sabÃa todo sobre mÃ, ni de mis miedos, ni de mis problemasâ€, admite. José no conocÃa los detalles de su discapacidad, ni sus limitaciones para ciertas cosas cotidianas, como ir al baño. “No sabÃa cómo iba a tomarloâ€, confiesa. “No querÃa someterlo a eso siendo joven. No querÃa que él se limitara. Me sentÃa malâ€.
Aunque la relación con José era sólida, Micaela no planeaba formar una familia. Los médicos le habÃan dicho que, debido a las radiografÃas y tratamientos intensivos que habÃa recibido tras el accidente, probablemente nunca podrÃa tener hijos. “Cuando me estaban por operar de la columna me dijeron que me habÃan hecho muchas radiografÃas y eso me habÃa dañado la matriz, que las pastillas me habÃan debilitado, y otras cosas más… en fin, que no iba a poderâ€, relata.
Sin embargo, la vida la sorprendió una vez más. En 2021, cuando comenzó a sospechar que algo diferente sucedÃa en su cuerpo, decidió hacerse un test de embarazo junto a José, sin decirle nada a su madre. “No sabÃa cómo contárselo, porque pensaba que ella se iba a asustarâ€, recuerda. Cuando el test dio positivo, no tuvo más remedio que decÃrselo. Su madre se emocionó y la llevó de inmediato a realizarse una ecografÃa: Micaela estaba embarazada de siete semanas.No obstante, otros médicos habÃan pronosticado que el embarazo serÃa un riesgo para Micaela debido a la lesión en su columna. El parto, advirtieron, podrÃa costarle la vida a ella, al bebé, o a ambos. “Fue muy riesgosoâ€, admite. Pero el 31 de marzo de 2022 a las 9:00 nació AgustÃn, su hijo, a través de una cesárea programada en el Hospital de ClÃnicas. HabÃan preparado todo, incluso con especialistas de neonatologÃa listos para intervenir, pero a pesar que no completó los nueve meses de gestación, AgustÃn nació fuerte y sano: pesó 2.6 kilos. Con la maternidad, Micaela superó otro desafÃo más.
“La resiliencia se convierte en una herramienta fundamental para enfrentar las adversidades que pueden surgir en la vida, especialmente después de experiencias traumáticas. En momentos de crisis, como el hecho delictivo que dejó a una niña inocente sin la capacidad de caminar y al borde de la muerte, la vida puede cambiar de manera abrupta. En un instante, se enfrentó a un nuevo escenario en el que la lucha por la supervivencia se volvió prioritaria.
A pesar de las barreras y el dolor emocional, la resiliencia y el amor pueden ser fuerzas transformadoras que permiten sanar. El amor que la rodeó siempre actuó como sostén en medio de su nuevo desafÃo. La tarea de adaptarse a una vida con movilidad reducida no es sencilla en una sociedad que aún enfrenta prejuicios y limitaciones. Sin embargo, su determinación la impulsó a avanzar, eligiendo cada dÃa seguir adelante en vez de resignarse al sufrimiento.
El deseo de vivir plenamente, sumado a la fortaleza que ha cultivado, la llevó a alcanzar lo que parecÃa inalcanzable: la maternidad. A pesar de las advertencias médicas sobre las dificultades que enfrentarÃa, logró ser madre y, en este nuevo rol, encontró un propósito renovado. La llegada de su hijo se convirtió en un faro de luz, un motivo más para seguir luchando. La vida la sorprendió nuevamente, esta vez con un nuevo milagro, su hijo.El proceso de resiliencia implica no solo adaptarse a la nueva realidad, sino también reconfigurar la identidad propia en un contexto de cambio. La fuerza que esta mujer ha demostrado ante la adversidad nos recuerda que el sufrimiento puede dar lugar a un crecimiento significativo. Al dar sentido a su experiencia a través del amor y el apoyo emocional, ella no solo logró afrontar su nuevo camino, sino que también se convirtió en un ejemplo de que la perseverancia y la esperanza son esenciales en el proceso de sanación. Esta transformación es una invitación a reconocer que, aunque la vida puede presentarnos desafÃos impensables, siempre es posible encontrar un camino hacia adelante, guiados por la resiliencia y el amor.