6 de abril de 2025
Cafetines de Buenos Aires: El Tokio en Villa Santa Rita cumple 95 años y el barrio saldrá a la calle a festejar
El bar abrió en 1930 como otros tradicionales boliches porteños. Originalmente había dos mesas de billar que cedieron su lugar para que más clientes pudieran tomar café
El primer nombre del bar Tokio fue Jonte. Era un boliche de esquina con dos billares. En 1950 entró a trabajar como lavacopas Jesús Feas Albor. Joven de 16 años, recién llegado de Galicia. Y como tantas conocidas historias de trabajo y sacrificio, Jesús terminó comprando el lugar. Su primera decisión fue cambiarle el nombre. Convocó a un letrista y pintó los vidrios para rebautizar al local como “Santiago de Compostelaâ€, su pueblo natal. No hubo caso. Ya todo el mundo lo llamaba El Tokio. Y se rindió ante la evidencia. La clientela siempre tiene la razón.
Volvà a El Tokio después de muchos años. No lo hacÃa desde los tiempos de Jesús. Comparto la mesa con su hijo, Miguel Feas y su socio, MartÃn Conte. Ellos me cuentan sus historias de vida y cómo se conocieron. El Miguel niño siempre tuvo el mismo deseo “vestir de traje y viajar hasta el Centro con maletÃnâ€. La psicologÃa barata me exime de mayores comentarios. El Miguel universitario querÃa ser gerente de banco. Estudió economÃa y alcanzó esa posición en el Banco Santander.
Miguel y MartÃn fueron compañeros de trabajo del Banco Santander. Ambos renunciaron a sus trabajos y, años más tarde, se reencontraron para retomar la historia del Bar El Tokio. “Yo no sabÃa nada de gastronomÃa, pero sà tenÃa entrenado el músculo de la relación dueño y cliente†dice Miguel. Para MartÃn, la argentinidad que afloró después del Mundial ganado de Qatar, lo empujó a apostar por un producto genuino de fuerte anclaje local que rescate nuestros valores culturales. La charla que mantenemos se ve interrumpida por vecinas que se acercan a la mesa para decirle a Miguel Feas “Yo te vi nacer†o “Yo te cambié los pañalesâ€. Otra pareja que se acerca le pregunta a MartÃn Conte si el Ministerio de Cultura de la Ciudad está enterado de la reapertura. Esa familiaridad más el orgullo barrial es lo que fluye por el bar.
La restauración que hicieron fue magnÃfica. El bar recuperó el viejo toldo de aluminio. No sin dificultades. Quedan pocos que dominen el oficio. Miguel acota que tiene el dato de un herrero que vive en Rosario y está por llamarlo. Las aberturas siguen siendo las originales. Lo mismo pasa con el piso calcáreo que mantiene las huellas de los movimientos de los jugadores de billar. Para reforzar el carácter porteño convocaron al fileteador Gustavo Ferrari para que pinte el nombre del bar en las vidrieras. También invitaron a diferentes artistas que pintan bares a que dejen su impronta en el salón. Y siguen luciéndose en las paredes el retrato de Jesús Feas Albor y la réplica de “El triunfo de Baco†de Diego Velázquez. Ambas obras las realizó Héctor, un viejo cliente del bar al que Jesús le dio refugio y comida —en el depósito que habÃa sido su dormitorio matrimonial— mientras pintaba.A Carusoni no lo conocà nunca. Nunca. En el año 2000 fuimos compañeros de un programa de radio que jamás sucedió. A Carusoni me lo presentó un amigo en común, Pete Mazzilli. Presentar no significa que hayamos estado en presencia el uno del otro. Fue una introducción telefónica de cuando los teléfonos móviles brindaban el mismo servicio que los aparatos originales, pero sin cable. Fueron muchas las charlas que mantuvimos por esa vÃa. Porque siempre existÃa un impedimento para encontrarse. Pete Mazzilli insistÃa con que tenÃamos intereses parecidos y que generarÃamos un contrapunto rico y atrayente para un programa radial que hablara sobre dos Ãtems que me apasionaban: cafés y Buenos Aires. La idea me sedujo. Y asà fue que gestioné espacios de aire en diferentes radios truchas para ir ganando soltura y locuacidad con la práctica. En una oportunidad fue en una FM ilegal en Ezeiza. Otra vez fue en Lomas de Zamora. En cada ocasión me presenté solo. Carusoni no vino en ninguno de los horarios acordados. Me las arreglé pasando música y monologando sobre el contenido de la nada. A las emisiones de prueba empecé a llamarlas: Esperando a Carusoni.
Un buen dÃa Carusoni me llamó excitado para decirme que habÃa logrado un contacto en Japón que solventarÃa los costos de producción y salida al aire. ¡Japón! Ese era otro cantar. Y también una definición más acabada de la temática del ciclo: tango, cafés y Buenos Aires. El programa saldrÃa en vivo los mediodÃas para ser escuchado en la medianoche japonesa. “¡Genial!â€, le grité de alegrÃa a Carusoni que me contaba más detalles del otro lado de la lÃnea. ¡Y no laburarÃamos de noche! Planazo por donde se lo mirara. PasarÃamos buena música y charlarÃamos sentados a una falsa sobremesa nocturna. Nunca explicó Carusoni cómo entenderÃan los japoneses el castellano. Ese parecÃa un dato menor.A partir de esa certeza, la del auspiciante, y para ir embebiéndonos en el tema, Carusoni comenzó a citarme todas las semanas en el Bar El Tokio. También me recomendaba sitios donde comer sushi, lectura de Haruki Murakami y terminaba toda comunicación telefónica cantando la canción en japonés de Alfredo Casero. Carusoni incluso habÃa empezado a dormir a media mañana siestas niponas de veinte minutos para sentirse fresco a la hora de emitir el programa nocturno, pero que para nosotros era el mediodÃa. Lo que se dice, un pavo importante. Por ese entonces yo vivÃa en Adrogué y viajar hasta Villa Santa Rita me resultaba tan a trasmano como si nos reuniéramos en Tokio, Japón.Volvió el Bar El Tokio para la felicidad de una barriada y la ciudad toda. El próximo 23 de abril se cumplen 95 años de la apertura del boliche y sus socios preparan un fiestón. Toda Villa Santa Rita tiene motivos para celebrar con orgullo el reencuentro con sus raÃces. Por mi parte, acepté con gusto la invitación que me hicieron Miguel y MartÃn y pasaré por la esquina de Ãlvarez Jonte y Tokio para brindar. Necesito redimir el sinsabor del desencuentro.