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19 de octubre de 2026

El final de Julio Argentino Roca: alejado de la política, su trabajo en el campo y los días dedicados a los amigos y la familia

Diez años antes había terminado su segundo mandato presidencial. Ocupaba su tiempo en viajes y en atender sus estancias. Más allá de un último servicio al país cuando viajó a Brasil a limar rispideces diplomáticas, el viejo general se dedicaba a sus afectos

El martes 13 de octubre de 1914 el general Julio Argentino Roca, que el 17 de julio había cumplido 71 años, amaneció de buen talante y los malestares de los días anteriores parecían haber desaparecido gracias al reposo que había hecho. Por eso, esa mañana, decidió salir a dar un paseo por Palermo junto a Norberto Quirno Costa -quien había sido su vicepresidente en la segunda presidencia- y Gregorio "Goyo" Soler, su incondicional amigo, confidente y eficaz colaborador en delicadísimas operaciones políticas.

Volvió a la hora del almuerzo y debido al trajín, se quedó dormido en el sillón en su escritorio de trabajo. Aún así, después de almorzar, salió a comprarle bombones a uno de los nietos, ya que se venía su cumpleaños.

Tenía pensado asistir al traslado al cementerio de la Recoleta de los restos del general Luis María Campos, fallecido el 15 de octubre de 1907. Pero como no sentía del todo bien, le escribió a la viuda Justa Urquiza, excusándose de no poder asistir.

Al regreso, lo que había comenzado con una tos que no se iba, terminó en una enfermedad pulmonar.

Tenía 61 cuando dejó su segundo gobierno. Con la celebración de una Junta de Notables, que ungió candidato a presidente a Manuel Quintana, quien sería acompañado por José Figueroa Alcorta, dio su labor por cumplida. Aunque no sería su último servicio al país.

Entregó el poder el 12 de octubre de 1904 y se fue a su estancia de Córdoba, cerca de Ascochinga. Seguramente creyó que podría descansar al fin. Sin embargo, en febrero de 1905, cuando los radicales hicieron su revolución, quisieron capturarlo. Como lograron advertirle a tiempo, engañó a los conspiradores: hizo correr la voz que se dirigía a las sierras junto a doscientos hombres para organizar la resistencia, puso a su familia a salvo en un hotel en Ascochinga y se subió a un tren a Santiago del Estero. Volvió al día siguiente cuando el movimiento ya había fracasado.

El 25 de mayo llegó temprano al puerto. Se embarcó en el Cap Bianco con destino a Europa, un poco para alejarse del ambiente político y otro para aprovechar a realizar refacciones a su casa de la calle San Martín 577. Una de sus hijas se casaría e iría a vivir al lado, en el 579, en un terreno que había pertenecido a uno de sus hermanos.

Hizo la travesía junto a sus hijas. "Por más que los viajes sean agradables extraño la tierra, la casa, mis hábitos y hasta las incomodidades diarias", escribió.

Hacía tiempo que no veía a Guillermina de Oliveira Cézar, la esposa de Eduardo Wilde, uno de sus mejores amigos. Por años habían mantenido una relación clandestina de la que todo Buenos Aires estaba al tanto. Roca, en su segunda presidencia, nombró a Wilde ministro plenipotenciario primero ante los Estados Unidos y luego a España y Bélgica. Con él fue Guillermina, con la que mantenía correspondencia. "Mi querida ausente?" la llamaba él.

Fue en plan de descanso, y recibió innumerables homenajes. Pasó una larga temporada en París, a la que describió como "una Babel donde se confunden los hombres y las lenguas de toda la tierra". Cuando regresó en 1907, el país había cambiado: Quintana había muerto y el vice Figueroa Alcorta era el presidente, con quien no se llevaba bien.

Por eso en 1910 sacrificó un viejo sueño: se volvió a Europa y se quedó con las ganas de participar de los festejos del Centenario, por el temor a ser ninguneado por las autoridades o tener algún cortocircuito.

Tenía tres estancias: La Larga -regalo de la provincia de Buenos Aires por la campaña al desierto- y La Argentina, ambas en territorio bonaerense, y La Paz, en Córdoba, cerca de Ascochinga, que había pertenecido a la familia de su esposa Clara Funes.

A su regreso de Europa, pasó largas temporadas en La Larga, aunque no se desenchufó de la realidad, ya que le llegaban cartas, informes, comentarios y noticias de la ciudad de Buenos Aires. Se considera que es el hombre público que más correspondencia produjo.

Sin embargo, ante los periodistas intentaba despegarse de la política. "Fuera de que mi salud no es buena y de que los médicos me han prescripto el mayor reposo, estoy dispuesto a no meterme en política. Esta decisión no es de hoy, y debe tenerse por definitiva", aseguró en 1911, a su regreso del viejo continente. Es que desde la muerte de Bartolomé Mitre, el 19 de enero de 1906, Roca era la mayor figura política.

Tenía un buen pasar. Cobraba su retiro de teniente general, arrendaba algunas de las tierras de su estancia La Larga y cobraba el alquiler de una casa en la ciudad de Río Cuarto.

En su estancia se ocupaba de la administración del establecimiento. Se levantaba a las siete de la mañana y hasta la noche no paraba, y no entendía cómo otros no veían las faltas que para él eran evidentes. Decía que su ocupación en el campo le hacía bien a su salud. "Esta vida es la que me da vida", decía.

Tenía un gran confidente, que era su mayordomo, Gumersindo García. Había comenzado a trabajar para él en 1886, cuando tenía 28 años. Era un gallego de una lealtad a toda prueba. Era serio, honesto y muy confiable. Vivía en la casa con su mujer Margarita.

Cuando en su segunda presidencia los ánimos se caldearon por el famoso proyecto de unificación de deuda -que le costaría la enemistad de por vida con Carlos Pellegrini- García durmió en la puerta de la habitación de su jefe, por las dudas.

"Me complace saber que ayer ha cumplido sano y bueno y en gracia de Dios sus 55 años, y de ellos 27 a mi servicio -le escribió Roca-. Pocos servidores pueden decir otro tanto y espero que usted ha de cerrar mis ojos cuando dé el último suspiro de habitante de esta tierra".

Volvió una vez a la Casa de Gobierno a comienzos de 1912 a saludar al presidente Roque Sáenz Peña.

El viejo general no estaba solo. En su viaje a Europa había conocido en Niza a una bella joven rumana llamada Elena. Volvió con ella a Buenos Aires y le construyó una casa a unos mil metros del casco de la estancia La Larga. Roca fue presionado por sus hijas por el escándalo que significaba la relación y él cortó el planteo diciéndoles que tenían razón, y que había decidido terminar con el entuerto casándose con ella. Entonces ya no volvieron a hablar del tema. Cuando Roca murió, sus hijas la echaron de la propiedad.

Además de sus hijos, cuando comenzaba su primera presidencia apareció en su casa una chica que aseguraba ser su hija. "Hay una mujer que dice que es su hija, y la verdad es que es igual a usted", expresó su mayordomo. Se llamaba Carmen Robles, y era el fruto de un idilio que Roca había mantenido con Ignacia, cuyos padres siempre se habían opuesto a la relación. Roca ayudó a la chica en sus estudios para maestra y le consiguió trabajo. Siempre estuvieron en contacto.

En 1913 fue como enviado extraordinario ante la República Federativa del Brasil para firmar un convenio de limitación de armamentos navales. El gobierno argentino estaba dando un gesto de buena voluntad con el país vecino. Además, era una respuesta a la visita que había hecho el ex presidente Campos Salles a Buenos Aires.

En su cumpleaños que festejó ese año, escribió: "Cuando uno va para viejo se le olvidan muchas cosas. No importa, sobre todo cuando los olvidos se pueden reparar enseguida, como usted lo ha hecho. Llegó esta mañana el mate olvidado y la canasta con golosinas de Tucumán, que me vienen de perilla. Pasado mañana cumplo 70 años. Es un buen trecho de permanecer sobre la tierra y cuando quiera, puede venir la muerte sin encontrarme en pecado ni remordimientos".

Disfrutaba de la compañía de su media docena de nietos, y de las visitas ocasionales de sus sobrinos y sobrinos nietos. Cuando estaba en la ciudad por las mañanas solía salir a caminar y cuando era presidente lo hacía, confundido entre la gente, por el Paseo de Julio, hoy Leandro N. Alem. Algunos viejos amigos de la política y unos pocos militares con los que había hecho la campaña del desierto lo visitaban de cuando en cuando. Lo derrumbó la noticia de la muerte de Artemio Gramajo, ocurrida el 11 de enero de 1914. Este santiagueño había sido su edecán, pero fundamentalmente su amigo y compañero. Roca lo consideraba un hermano.

A fines de octubre de 1914 había regresado de su otra estancia, La Argentina, y pensaba irse un tiempo a La Larga, pero comenzaron los resfríos con violentos ataques de tos; su médico el salteño Luis Güemes -nieto del prócer- no le dio tanta trascendencia.

Estuvo un par de días en cama, y a su médico le preocupó que no se recuperaba. El domingo 18 fue a verlo por la mañana y quedó en regresar al día siguiente cerca del mediodía. Pero el 19 de octubre, a las 8, sufrió un fuerte ataque que le hizo perder el conocimiento. Falleció dos horas después. Lo acompañaban sus hijas Elisa y Clara y su yerno Luis Castells Uriburu, esposo de su hija Josefina.

Al día siguiente fueron las exequias. Primero a su casa concurrieron familiares y amigos y luego una multitud acompañó los restos a la casa de gobierno, donde fueron velados. Se decretó dos días de duelo y bandera a media asta, por ese uno de los responsables de los profundos cambios que experimentaba el país, aquel que extraña cuando estaba lejos.

Fuentes: Publicaciones del Museo Roca. Documentos IV Cartas a familiares; Cartas a Gumersindo; Soy Roca, de Félix Luna;

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