16 de enero de 2022
El Paraná: crónica de un río seco
Por Nicolás G. Recoaro, para Tiempo Argentino
Foto: Eduardo Sarapura para Tiempo Argentino.
Son islas rodeadas de tierra. Donde habÃa agua, con suerte, barro queda. La bajante histórica del rÃo desnudó a los yuyos, a las piedras, al fondo rocoso que por estos dÃas arde. Del húmedo Paraná, los isleños sólo conservan un recuerdo a secas.
El pescador José “Chemo†RamÃrez hace memoria bajo un sauce en la sede de Trabajadores del RÃo, una cooperativa enclavada en los arrabales de la ciudad santafesina de Villa Constitución. “Nunca pasó algo asÃ. A nosotros nos mata. Al estar tan bajo el caudal, nada hay de pescado, desde Pavón hasta San Nicolás, donde trabajamosâ€, se lamenta RamÃrez. Sirve un mate y sigue remando en sus recuerdos. “Para que se haga una idea, hace dos años, cuando empezó la bajante, cada pescador sacaba casi 400 kilos diarios. Tarucha, bagre, surubÃ. Ahora apenas 30 kilos. Ni el 10%, una miseria. Pero estamos acostumbrados. La vida del isleño es sacrificada.â€
Chemo tiene 42 años, las dos manos curtidas por las redes y un chuchillo filoso en la cintura. Es nacido y criado en las islas de Gualeguay, acá cerquita, en Entre RÃos. La historia de su familia fue acunada por los brazos del Paraná. En sus años de gurisito costero aprendió el arte de la pesca: “Me enseñó mi abuelo Pasión RamÃrez, que vivió hasta los 105 años. También mi viejo, Bonifacio del Carmen, que sigue laburando. Pescador se nace. Yo vengo de esa raza, de esa tradición.†Un linaje flotante heredero de canoas, lagunas, camalotes, redes, arroyos y espinel.
Chemo dice que con la seca y los calorones de los últimos meses, las lagunas cercanas al Paraná se convirtieron en grandes platos de sopa. “Se enferman los pescados por el agua caliente, salen podridos. Yo los miro a los ojos y me doy cuenta si están enfermosâ€. La malaria y el drama del Litoral –arriesga el pescador mientras chupa una vez más la bombilla–, son causados por las quemas, la destrucción del ecosistema, la avaricia de los dueños de la tierra: “Mi abuelo decÃa que esta era una zona rica, una mina de oro. Que iba a cambiar, la iban a explotar. Los grandes empresarios vieron el filo y andan haciendo desastres. Hay menos humedal, menos árboles, más ganado, más soja. Me lo dijo mi abuelo hace 30 años. Dicho y hecho.â€
RamÃrez tiene que volver al trabajo. Controlar la máquina de hielo escama, reparar un espinel, cerrar números con el contador de la cooperativa. Al despedirnos en el portón, confiesa que con sus 38 compañeros tienen temor de perder el trabajo por la bajante que no afloja. Quieren seguir a flote. “Es que somos de las islas, donde somos libres. Si nos sacan de nuestra casa, dónde vamos a ir. ¿A Rosario? ¿A Buenos Aires? Nos matan. Sin el agua, no sé qué vamos a hacerâ€.
Foto: Eduardo Sarapura para Tiempo Argentino.
Foto: Eduardo Sarapura para Tiempo Argentino.
Hace 20 años, Fernanda del Carlo vio el futuro prendido fuego en el horizonte. Mientras navegaba en una lancha por el rÃo, pudo observar por primera vez cómo las llamas devoraban el humedal. Lo recuerda mientras camina por una plaza que tiene vista al puerto de Villa Constitución y a la Reserva Natural Isla del Sol. Cuando llega al lÃmite del terreno, mira hacia la boca del Paraná, la triple frontera que hermana Santa Fe, Buenos Aires y Entre RÃos, y después otea otra vez el horizonte: “Desde ese dÃa empecé a notar cómo cambió nuestro espacio. Cómo perdimos flora y fauna. Cómo se fue deteriorando el rÃo. Cómo siguieron quemando. Cómo el Estado no hizo nada. No tengo dudas de que la bajante está relacionada con todo esto. Por eso nos organizamos.â€
Del Carmen tiene 53 años y es vecina de Villa Constitución de toda la vida. Pone el cuerpo en la agrupación Salvemos a los Humedales. “Arrancamos hace dos años, cuando empezaron las quemas más intensas en plena pandemia. AbrÃas la ventana de mi casa y entraba el humo. Con varios vecinos decidimos comprometernos con los humedales y el rÃo de otra forma, no tan individual y de disfrute, sino para cuidarlos.â€
El mediodÃa es dantesco. La sensación térmica sin transpirar debe andar por los 40º en la ciudad. Fernanda señala la otra costa del rÃo. Lo que queda del rÃo. “Esa sombra negra que se ve es el veril, el borde. Imaginate una pileta que está con tan poca agua, que se ve la paredâ€. Hace unos dÃas, el rÃo sufrió el registro más bajo de su historia. Menos 34 centÃmetros. Hace apenas un mes atrás, tenÃa una altura de 70 centÃmetros. El promedio histórico para estos meses ronda los 2,70 a 3,10 metros.
El antiguo paisaje acuático de la Reserva Natural luce ahora ataviado de estricta etiqueta marchita. Más que el Litoral, parece la Puna. “De piba nos rateábamos del colegio y venÃamos a remar acá. Como ves, las cosas cambiaron, ahora se puede pasear en autoâ€, explica Fernanda y señala el camino seco. Después, levanta temperatura y denuncia: “Los gobiernos hacen muchos anuncios. Van a poner un faro de conservación que avisa si hay fuego, pero todavÃa está en veremos. En realidad, si no ponen recursos ni voluntad en agarrar a los que prenden, que son los que hacen negocios inmobiliarios y la agroindustria, es la historia de siempre. Si no hacen algo, nos vamos a quedar sin humedales y sin rÃo.â€
Foto: Eduardo Sarapura para Tiempo Argentino.
Foto: Eduardo Sarapura para Tiempo Argentino.
“Zona de aguas profundasâ€. En el Club Náutico de Villa Constitución, los veleros y las lanchas ignoran la advertencia del cartel. Duermen la siesta recostados sobre el bajofondo del amarre. “Que yo recuerde, nunca visto. Estamos debajo de cero. Mire la escalera. Esa es la altura normal del agua. Ahora se ve el piso, tres metros abajoâ€, enfatiza Eduardo Luna, caletero del club. El hombre se gana el pan moviendo las embarcaciones, bajando las lanchas al rÃo ahora invisible. En las alturas de su puesto de vigilancia, en una torreta, Luna se siente triste. Como si recitara un poema de Juan L. Ortiz, el caletero reflexiona: “Es que el rÃo para mà es todo. Como la sangre que va por mis venas. Mi trabajo, mi compañero, mi vida.â€
Tato Massei es instructor de remo. Cuenta que esta mañana no pudo entrar al agua con sus alumnos. “Ayer a duras penas pudimos salirâ€, se queja el joven bronceado de musculosos brazos. “Afecta las fuentes de trabajo, viene menos gente al club. A lo sumo, se meten a la piletaâ€, agrega Tato. Para el deportista, entre las quemas, la tala de árboles y la Corriente de la Niña se armó una tormenta perfecta de la que es difÃcil salir. “No nos queda otra –se despide- hay que seguir remando.â€
Foto: Eduardo Sarapura para Tiempo Argentino.
El brazo del Paraná se llama El Correntoso, pero esta tarde sus pocas aguas tienen la fuerza de una canilla de cocina. “Si no lo vivÃs, es difÃcil contarlo. En la boca del rÃo hay 30 centÃmetros, una locuraâ€, asegura Juan RamÃrez, un isleño apicultor. La bajante, suma el muchacho, cambió el dÃa a dÃa de los pobladores de esta parte de la Argentina. El hombre de rÃo, acostumbrado a moverse en su canoa, se convirtió en sufrido peatón. “Todo al hombro llevo hasta mi rancho. Nafta, mercaderÃa, materiales. Un viaje que era de diez minutos, ahora es de casi una hora. Ya son meses. Acá no vino nadie del Estado, el isleño se la arregla solo. Ya le dije, hay que vivir para contarloâ€, dispara RamÃrez y empieza la larga marcha hasta su casa.
No muy lejos, Franco Gallego pasa las horas escuchando radio AM, bien cerquita de La Pendenciera, su bote. Es pescador. De los que saben leer el rÃo. Gallego mira las gallinas que corren cerca del rancho, se acomoda las botas y al final se lamenta: “Estoy seco, como el rÃo. Tocado. El Covid y la bajante parecen pestes de la Biblia. No me quiero ir de acá, me gusta esta libertad. ¿Qué voy a hacer en la ciudad?â€.
A don Donato Figueroa lo encontramos reparando sus redes bajo la sombra de un arbolito. Lo custodian sus siete perros guardianes. Pila de años lleva viviendo en las islas. A cinco metros de su casa corrÃa un arroyo por donde el agua ahora apenas gatea. Habla maravillas del Yanina, su fiel bote varado. “Sacábamos surubÃ, ahora lo ve al rÃo, es todo tierra, yuyo verdeâ€, dice don Figueroa, sonrÃe y no deja de mover las manos, esas manos diestras que son por sà mismas la historia viva del pescador litoraleño. Las manos que atan esos hilos que le dan de comer del rÃo. Que no se corten. «
La bajante en el rÃo Paraná es la peor en casi un siglo. La sequÃa, sumada a los incendios en los humedales, forman un combo crÃtico para la vida en la región, desde la flora y la fauna hasta las fuentes laborales. A mitad del año pasado, el gobierno dictaminó la Emergencia HÃdrica y creó un comité interministerial, con la participación también de las provincias involucradas. Desde el Ejecutivo nacional sostuvieron que la bajante tiene causas múltiples «y se basa, fundamentalmente, en el déficit de precipitaciones en las cuencas del propio rÃo Paraná y los rÃos Iguazú y Paraguay. Afecta el abastecimiento y la calidad del agua potable, la navegación y operaciones de puerto, el ecosistema y la generación de energÃa hidroeléctrica».
Esta semana se conoció un número impactante: la sequÃa en Argentina ya provocó pérdidas por 4.800 millones de dólares, un 1% del PBI. Ante los fuegos, la sequÃa y el calor, el gobernador bonaerense Axel Kicillof creó su propio Comité de Emergencia provincial. El drama en el Litoral va para largo: dÃas atrás el Instituto Nacional del Agua anunció que las mediciones tan bajas «se mantendrán hasta marzo inclusive».
Son islas rodeadas de tierra. Donde habÃa agua, con suerte, barro queda. La bajante histórica del rÃo desnudó a los yuyos, a las piedras, al fondo rocoso que por estos dÃas arde. Del húmedo Paraná, los isleños sólo conservan un recuerdo a secas.
El pescador José “Chemo†RamÃrez hace memoria bajo un sauce en la sede de Trabajadores del RÃo, una cooperativa enclavada en los arrabales de la ciudad santafesina de Villa Constitución. “Nunca pasó algo asÃ. A nosotros nos mata. Al estar tan bajo el caudal, nada hay de pescado, desde Pavón hasta San Nicolás, donde trabajamosâ€, se lamenta RamÃrez. Sirve un mate y sigue remando en sus recuerdos. “Para que se haga una idea, hace dos años, cuando empezó la bajante, cada pescador sacaba casi 400 kilos diarios. Tarucha, bagre, surubÃ. Ahora apenas 30 kilos. Ni el 10%, una miseria. Pero estamos acostumbrados. La vida del isleño es sacrificada.â€
Chemo tiene 42 años, las dos manos curtidas por las redes y un chuchillo filoso en la cintura. Es nacido y criado en las islas de Gualeguay, acá cerquita, en Entre RÃos. La historia de su familia fue acunada por los brazos del Paraná. En sus años de gurisito costero aprendió el arte de la pesca: “Me enseñó mi abuelo Pasión RamÃrez, que vivió hasta los 105 años. También mi viejo, Bonifacio del Carmen, que sigue laburando. Pescador se nace. Yo vengo de esa raza, de esa tradición.†Un linaje flotante heredero de canoas, lagunas, camalotes, redes, arroyos y espinel.
Chemo dice que con la seca y los calorones de los últimos meses, las lagunas cercanas al Paraná se convirtieron en grandes platos de sopa. “Se enferman los pescados por el agua caliente, salen podridos. Yo los miro a los ojos y me doy cuenta si están enfermosâ€. La malaria y el drama del Litoral –arriesga el pescador mientras chupa una vez más la bombilla–, son causados por las quemas, la destrucción del ecosistema, la avaricia de los dueños de la tierra: “Mi abuelo decÃa que esta era una zona rica, una mina de oro. Que iba a cambiar, la iban a explotar. Los grandes empresarios vieron el filo y andan haciendo desastres. Hay menos humedal, menos árboles, más ganado, más soja. Me lo dijo mi abuelo hace 30 años. Dicho y hecho.â€
RamÃrez tiene que volver al trabajo. Controlar la máquina de hielo escama, reparar un espinel, cerrar números con el contador de la cooperativa. Al despedirnos en el portón, confiesa que con sus 38 compañeros tienen temor de perder el trabajo por la bajante que no afloja. Quieren seguir a flote. “Es que somos de las islas, donde somos libres. Si nos sacan de nuestra casa, dónde vamos a ir. ¿A Rosario? ¿A Buenos Aires? Nos matan. Sin el agua, no sé qué vamos a hacerâ€.
Lo que perdimos en el fuego
Hace 20 años, Fernanda del Carlo vio el futuro prendido fuego en el horizonte. Mientras navegaba en una lancha por el rÃo, pudo observar por primera vez cómo las llamas devoraban el humedal. Lo recuerda mientras camina por una plaza que tiene vista al puerto de Villa Constitución y a la Reserva Natural Isla del Sol. Cuando llega al lÃmite del terreno, mira hacia la boca del Paraná, la triple frontera que hermana Santa Fe, Buenos Aires y Entre RÃos, y después otea otra vez el horizonte: “Desde ese dÃa empecé a notar cómo cambió nuestro espacio. Cómo perdimos flora y fauna. Cómo se fue deteriorando el rÃo. Cómo siguieron quemando. Cómo el Estado no hizo nada. No tengo dudas de que la bajante está relacionada con todo esto. Por eso nos organizamos.â€
Del Carmen tiene 53 años y es vecina de Villa Constitución de toda la vida. Pone el cuerpo en la agrupación Salvemos a los Humedales. “Arrancamos hace dos años, cuando empezaron las quemas más intensas en plena pandemia. AbrÃas la ventana de mi casa y entraba el humo. Con varios vecinos decidimos comprometernos con los humedales y el rÃo de otra forma, no tan individual y de disfrute, sino para cuidarlos.â€
El mediodÃa es dantesco. La sensación térmica sin transpirar debe andar por los 40º en la ciudad. Fernanda señala la otra costa del rÃo. Lo que queda del rÃo. “Esa sombra negra que se ve es el veril, el borde. Imaginate una pileta que está con tan poca agua, que se ve la paredâ€. Hace unos dÃas, el rÃo sufrió el registro más bajo de su historia. Menos 34 centÃmetros. Hace apenas un mes atrás, tenÃa una altura de 70 centÃmetros. El promedio histórico para estos meses ronda los 2,70 a 3,10 metros.
El antiguo paisaje acuático de la Reserva Natural luce ahora ataviado de estricta etiqueta marchita. Más que el Litoral, parece la Puna. “De piba nos rateábamos del colegio y venÃamos a remar acá. Como ves, las cosas cambiaron, ahora se puede pasear en autoâ€, explica Fernanda y señala el camino seco. Después, levanta temperatura y denuncia: “Los gobiernos hacen muchos anuncios. Van a poner un faro de conservación que avisa si hay fuego, pero todavÃa está en veremos. En realidad, si no ponen recursos ni voluntad en agarrar a los que prenden, que son los que hacen negocios inmobiliarios y la agroindustria, es la historia de siempre. Si no hacen algo, nos vamos a quedar sin humedales y sin rÃo.â€
Menos que cero
“Zona de aguas profundasâ€. En el Club Náutico de Villa Constitución, los veleros y las lanchas ignoran la advertencia del cartel. Duermen la siesta recostados sobre el bajofondo del amarre. “Que yo recuerde, nunca visto. Estamos debajo de cero. Mire la escalera. Esa es la altura normal del agua. Ahora se ve el piso, tres metros abajoâ€, enfatiza Eduardo Luna, caletero del club. El hombre se gana el pan moviendo las embarcaciones, bajando las lanchas al rÃo ahora invisible. En las alturas de su puesto de vigilancia, en una torreta, Luna se siente triste. Como si recitara un poema de Juan L. Ortiz, el caletero reflexiona: “Es que el rÃo para mà es todo. Como la sangre que va por mis venas. Mi trabajo, mi compañero, mi vida.â€
Tato Massei es instructor de remo. Cuenta que esta mañana no pudo entrar al agua con sus alumnos. “Ayer a duras penas pudimos salirâ€, se queja el joven bronceado de musculosos brazos. “Afecta las fuentes de trabajo, viene menos gente al club. A lo sumo, se meten a la piletaâ€, agrega Tato. Para el deportista, entre las quemas, la tala de árboles y la Corriente de la Niña se armó una tormenta perfecta de la que es difÃcil salir. “No nos queda otra –se despide- hay que seguir remando.â€
El Correntoso
El brazo del Paraná se llama El Correntoso, pero esta tarde sus pocas aguas tienen la fuerza de una canilla de cocina. “Si no lo vivÃs, es difÃcil contarlo. En la boca del rÃo hay 30 centÃmetros, una locuraâ€, asegura Juan RamÃrez, un isleño apicultor. La bajante, suma el muchacho, cambió el dÃa a dÃa de los pobladores de esta parte de la Argentina. El hombre de rÃo, acostumbrado a moverse en su canoa, se convirtió en sufrido peatón. “Todo al hombro llevo hasta mi rancho. Nafta, mercaderÃa, materiales. Un viaje que era de diez minutos, ahora es de casi una hora. Ya son meses. Acá no vino nadie del Estado, el isleño se la arregla solo. Ya le dije, hay que vivir para contarloâ€, dispara RamÃrez y empieza la larga marcha hasta su casa.
No muy lejos, Franco Gallego pasa las horas escuchando radio AM, bien cerquita de La Pendenciera, su bote. Es pescador. De los que saben leer el rÃo. Gallego mira las gallinas que corren cerca del rancho, se acomoda las botas y al final se lamenta: “Estoy seco, como el rÃo. Tocado. El Covid y la bajante parecen pestes de la Biblia. No me quiero ir de acá, me gusta esta libertad. ¿Qué voy a hacer en la ciudad?â€.
A don Donato Figueroa lo encontramos reparando sus redes bajo la sombra de un arbolito. Lo custodian sus siete perros guardianes. Pila de años lleva viviendo en las islas. A cinco metros de su casa corrÃa un arroyo por donde el agua ahora apenas gatea. Habla maravillas del Yanina, su fiel bote varado. “Sacábamos surubÃ, ahora lo ve al rÃo, es todo tierra, yuyo verdeâ€, dice don Figueroa, sonrÃe y no deja de mover las manos, esas manos diestras que son por sà mismas la historia viva del pescador litoraleño. Las manos que atan esos hilos que le dan de comer del rÃo. Que no se corten. «
La Emergencia HÃdrica que durará mucho tiempo
La bajante en el rÃo Paraná es la peor en casi un siglo. La sequÃa, sumada a los incendios en los humedales, forman un combo crÃtico para la vida en la región, desde la flora y la fauna hasta las fuentes laborales. A mitad del año pasado, el gobierno dictaminó la Emergencia HÃdrica y creó un comité interministerial, con la participación también de las provincias involucradas. Desde el Ejecutivo nacional sostuvieron que la bajante tiene causas múltiples «y se basa, fundamentalmente, en el déficit de precipitaciones en las cuencas del propio rÃo Paraná y los rÃos Iguazú y Paraguay. Afecta el abastecimiento y la calidad del agua potable, la navegación y operaciones de puerto, el ecosistema y la generación de energÃa hidroeléctrica».
Esta semana se conoció un número impactante: la sequÃa en Argentina ya provocó pérdidas por 4.800 millones de dólares, un 1% del PBI. Ante los fuegos, la sequÃa y el calor, el gobernador bonaerense Axel Kicillof creó su propio Comité de Emergencia provincial. El drama en el Litoral va para largo: dÃas atrás el Instituto Nacional del Agua anunció que las mediciones tan bajas «se mantendrán hasta marzo inclusive».
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