17 de abril de 2025
Ariel “el Gitano” Acuña, uno de los “doce apóstoles”: “Yo iba a morir en una cárcel, hoy me parece extraño estar en libertad”
Es uno de los protagonistas del motín de Sierra Chica en 1996, donde su banda mató a ocho personas y tomó de rehenes a 17, y hace dos décadas que cumplió su condena. En un nuevo episodio del ciclo de entrevistas "A dónde vamos cuando soñamos", Oriana Sabatini charla con un hombre que robó bancos, camiones blindados, que mató a personas y que ahora se presenta como "youtuber carcelario"
Una familia lo adoptó. “Económicamente estaban muy bien. Siempre nos daban todo. VivÃamos en plena Capital Federal. TenÃamos todos los lujos que querÃamos tener. Pero hubo una cosa que no hubo: el amor de madre ni de padre, porque pensaron que el amor era darnos cosas materiales. Y para mà el amor es otra cosaâ€. Hizo la primaria en un colegio privado del barrio de Saavedra. Un dÃa se escapó porque su papá, militar de carrera, le pegaba mucho.
Ariel vivió su infancia y preadolescencia en el barrio porteño de Saavedra. Su mamá adoptiva lo enviaba a pagar los servicios al banco. En la calle, se hizo amigo de los pibes del barrio Mitre. “Mi mamá nunca me dejaba juntar con los pibes de la villa. Era media nariz parada, clase media alta. Era toda una mujer. Pero yo me iba con ellos, me gustaba estar con ellosâ€, dice. Recuerda que en Avenida del Tejar (hoy avenida BalbÃn) y el cruce con la calle Estomba habÃa una plazoleta y cerca una sucursal bancaria. “¿Y si nos robamos el banco?â€, le consultó a un amigo. No era una idea disparatada: lo tenÃa todo planeado. HabÃa identificado los movimientos internos en cada visita para pegar la luz, el gas, el agua.
No robaba por amistad, por necesidad, por falta de educación. Robaba -dice- para llenar vacÃos. De bancos a camiones blindados. De los pibes de la villa a bandidos experimentados, los que le enseñaron “los códigos de la calleâ€. Establece una diferencia relativa a una cuestión ética de la profesión: “Está el chorro y está el ladrón. El ladrón no mata. Para mà ser ladrón era un arte. El arma la llevaba, pero solo la mostraba. Nunca maté a una persona en un caso de un roboâ€. Los robos significaban rollos de dinero que él escondÃa en el armario. Cuando su familia descubrió el botÃn, su papá reaccionó. “Me dio una paliza y terminé en el Hospital del Niño. El médico agarró y me dijo ‘¿tu papá te pegó?’. Yo le dije que no. Pero como mi papá tenÃa un cargo muy grande, me agarró, me alzó, me subió arriba del auto y me llevó al Hospital Naval, donde nadie le iba a poder decir nadaâ€.
Comenzó su raid delictivo y con él, su paso por comisarias e institutos de menores. “Fui el primer preso en la Argentina que a los 15 años pisó un penalâ€, presume.-¿Y cómo es estar en un penal a los 15?También le dio una mira, que no es más que un pedazo de espejo que podÃa utilizar para ver cuándo pasaba el guardiacárcel. No durmió ese dÃa. Lloraba mientras le sacaba filo a la varilla. Tanto la frotó con la pared que le quedó una ampolla en la mano. Al otro dÃa, cuando salió al patio, guardó la punta en el pantalón y se llevó una frazada, también por advertencia de otro interno. Lo estaban esperando. Lo atacaron, según su relato, con una “planchuelaâ€, una suerte de faca. “El miedo te da dos opciones. Te hace avanzar o te paraliza. Yo avancéâ€, narra. Fue su primer homicidio.
“La autoridad estaba mirando desde la ventana. Estaban apostando a ver quién ganaba. Y entraron con los cazapatos. Nosotros a las escopetas con balas de goma que usan ellos, los decimos los cazapatos. Me agarraron y me llevaron a buzones. Me dieron una paliza. Cobré como una semana. Y yo pensaba: ‘Antes me pegaban mis viejos, ahora tengo que bancar que me peguen estos’. No aguanté más y dentro del buzón me hice una faca. El preso argentino es un preso rata porque con cualquier cosa te hace una faca. La parte de atrás de la cuchara parece como un destornillador. Desatornillé unos tornillos, saqué una planchuela, me hice una faca y me escondà abajo de la tarima. La tarima tiene unos agujeros que es para que no haya humedad. Y ahà me quedé. Entró la policÃa. ‘Salà de ahÃ, hijo de puta’, me insultó uno, que vino, se abrió el cierre de la bragueta y me orinó. Cuando salÃ, lo agarré y me abalancé sobre él. Le mordà la cara y le saqué un pedazo de cachete. Y lo agarré de rehén. Y salió otro a avisarle y vinieron todosâ€.“Empezó todo por una fuga. Hubo un ortiba, como decimos nosotros, que estaba buchoneado sobre lo que Ãbamos a hacer. HabÃa una banda, la del correntino Gapo, que arruinaban a los pibes, trabajaban para la policÃa y eran ortibasâ€, grafica. El lÃder de la banda rival era Agapito Lencinas. El grupo, según su versión, también violaba a otros presos y a los familiares que iban de visita.
“Nosotros lo invitamos a pelear a la cancha -narra-. Hicimos toda una estrategia para que todos los que cuidaban la garita y los que cuidaban el muro vayan para el lado de la cancha. Le dijimos ‘bajá a la cancha que vamos a pelear’. Ellos bajaron y toda la policÃa fue para ahÃ. Y nosotros, en ese rato, nos quisimos fugar. Rompimos un foco. Llamamos al electricista. Trajo una escalera de dos pies. La empalmamos, la atamos con sábanas. Armamos escaleras tumberas para escalar el muro: se hacen con la sábana, con palos de escoba y unos ganchos que los sacabas de abajo de las palmeras, acá afuera le dicen cuchetasâ€.Todos sus hombres tenÃan facas. En Sierra Chica habÃa 1.500 internos. La mayorÃa, dice el Gitano, los apoyaba. El motÃn duró ocho dÃas. En el segundo dÃa, ocurrió la masacre. “Dejamos correr el tiempo hasta que dijimos ‘basta, se acabó, vamos a darle todo’. Y les caÃmos: fue una cacerÃa humana. Hicimos justicia por mano propia. Les habÃan hecho mucho daño a muchos pibes. HabÃan arruinado muchas familiasâ€.
No supieron qué hacer con los cuerpos, que amontonados llevaron a los buzones. La pestilencia los alertó. Los doce apóstoles habÃan entrado por robo, no por homicidios. “¿Qué hacemos? ¿Y si los enterramos? Los van a encontrar los perros. ¿Y si lo ponemos en cal?â€, relata Acuña. Hasta que apareció uno que habÃa sido carnicero y propuso descuartizarlos y mandarlos al horno de la panaderÃa. Ahà nació el mito de las empanadas: “Yo las hiceâ€.-Yo fui el que corté la nalga. Porque habÃa un encargado que cuando yo era habÃa ingresado ahÃ, a los 17 años, me habÃa pegado apenas ingresé, me habÃa matado y lo tenÃamos de rehén. Entonces corté un pedazo de nalga. La hicimos como que fuese una empanada. La fritamos. Y se la dimos. Cuando la comió, le dije: “¿Te gustó la empanada?â€. “Está buenaâ€, me dijo. “Bueno, ahora que te comiste a un chorro, vas a ser mejor personaâ€. Y empezó a vomitar todo. Este encargado tiene carpeta médica ahora, está en un neuropsiquiátrico.
-No es que se jugó con la cabeza de un preso. Es una piedra. Tu esposo que es jugador de fútbol te puede decir: si le pega una patada a una piedra, se va a romper la pierna. Bueno, esto es lo mismo. Inventos del medio periodÃstico, que siempre la quieren mandar cambiada.