9 de marzo de 2026
La belleza de la semana: los cuadros incompletos

Muerte, viajes y la negación de los retratados son algunos de los motivos que llevan a la interrupción repentina. Las historias de estas pinturas que no se llegaron a terminar nos recuerdan que detrás de la genialidad hay personas batallando contra el tiempo y el mundo
Ni bien se firmó el Tratado de París, Benjamin West pensó en un cuadro, una gran obra, el retrato de los próceres, los héroes nacionales, el fin del combate, la victoria de la razón, formalidad, entendimiento, paz. El Tratado de París decretó que la Guerra de Independencia había concluido y que el Reino de Gran Bretaña no sólo garantizaba el cese de las hostilidades, también saludaba a la nueva nación independiente: Estados Unidos. El 3 de septiembre de 1783, en el Hotel de York, en la capital francesa, firmaron los estadounidenses John Adams, Benjamin Franklin y John Jay, y David Hartley, miembro del parlamento británico, en representación del rey Jorge III.
A West lo conocían como el Rafael americano. Tenía talento, pero también habilidades sociales y buenos sponsors. En 1772 el rey británico lo nombró pintor histórico de la Corte. Dejó el mero retrato y se dedicó a pintar grandes acontecimientos, como la batalla de La Hogue o la del Boyne, o la muerte del Conde de Chatham. Lo que el rey quería, él lo pintaba. Consiguió un puesto en la Casa Real, el de inspector de las pinturas del rey, y lo mantuvo hasta su muerte, en 1820. Pero en 1783, la firma del Tratado de París lo hizo mirar hacia el Atlántico, al continente que había dejado atrás, la patria que lo parió. Sintió la necesidad de devolverle un gesto, algo relacionado con la justicia.
�Se puede pintar la paz? �Qué significa pintar la paz? �Existe la paz? �Es posible atrapar en el lienzo con unos acrobáticos pincelazos ese momento reconciliatorio, de acuerdo generalizado, de armonía política? West estaba convencido que sí y fue a buscar a los protagonistas para retratarlos. Consiguió a los estadounidenses, por supuesto. Bueno, no a Benjamin Franklin, un viejo amigo suyo, pero lo dibujó a partir de un grabado que tenía. Pero los británicos se negaron. Para ellos, no era una resolución festiva el Tratado de París; se estaban desprendiendo de una buena porción del mundo. Entonces West decidió abandonarla. La obra quedó incompleta, inacabada, una paz imposible.
Walter Benjamin dejó muchos textos incompletos. También su vida. Cuando los policías españoles lo detuvieron en el pueblo catalán de Portbou el 25 de septiembre de 1940 para entregarlo a la Gestapo supo que ya todo estaba dicho. "En una situación sin salida, no tengo otra elección que la de terminar. Es en un pequeño pueblo situado en los Pirineos, en el que nadie me conoce, donde mi vida va a acabarse", escribió. En el bolsillo del saco tenía una buena cantidad de pastillas de morfina. Si tenía que morir, él mismo iba a hacerlo. "No dispongo de tiempo suficiente para escribir todas las cartas que habría deseado escribir", y se tragó el manojo de píldoras de un saque.
"Benjamin fue el escritor de magníficas obras incompletas, ensayos muy pequeños, o libros que no llegaron a terminarse, como el famoso Libro de los pasajes. Benjamin nunca terminó ese libro y su vida como ensayista fue por definición la persistencia en lo incompleto", escribió Beatriz Sarlo en la introducción de El coleccionismo. La mayoría de sus libros tienen ese espíritu fragmentario, una construcción lenta y de a pedazos de algo cuya forma asoma entre familiar y enigmática. "No tengo otra elección que la de terminar". Tenía 48 años y un hijo, Stefan, de 22, varios trabajos por la mitad, como el de Kafka o el de Baudelaire. Su vida y su obra forman un cuadro incompleto.
Leonardo da Vinci en 1482 y Miguel Ángel en 1501, cada uno por su lado, dejaron una obra inacabada. El motivo: un viaje. Cuadros de grandes dimensiones, difícil de trasladarlos. La ciudad es Florencia. Da Vinci había recibido un encargo de los monjes agustinos de San Donato de Scopeto. Aún no era tan conocido, el dinero no era demasiado. Debía viajar a Milán entonces le pidió a su amigo, el pintor Domenico Ghirlandaio, curiosamente maestro de Miguel Ángel, que lo terminara. A Miguel Ángel le pasó lo mismo: tenía que viajar a Florencia. No encontró a quien legarle ese encargo de la iglesia romana de San Agustín y devolvió el adelanto. Ambos partieron sin pendientes.
Hay algo fascinante en esas obras incompletas. Como si viéramos su esqueleto. El Santo Entierro de Miguel Ángel se expone en la National Gallery de Londres; la Adoración de los Magos de Leonardo da Vinci, en la Galería de los Uffizi de Florencia. Se parece más a un work in progress, una casa sin aberturas, un cuento sin moraleja. Patricio Pron trabajó este asunto y llegó a varias conclusiones. Una de ellas es que "la visión consuetudinaria de que finalizar algo acarrearía una enseñanza de alguna índole, una forma de sabiduría, se sigue poniendo de manifiesto en nuestra percepción de la obra artística". Estos cuadros nos obligan a habitar una zona vacante: lo que no fue.
En un mundo secularizado que desechó la idea del cielo redentor, incluso la de reencarnación �variantes de la eternidad�, trasladó esa imagen de lo sin final, de lo permanente abierto, a los consumos culturales. Ya no vemos con sorpresa que una serie estire y estire la historia, que invente nuevas temporadas, que nunca dé por terminada su trama; incluso cuando se define un final, siempre está la posibilidad de un revival varios años después, ya sea en forma de spin off o en una nueva "versión libre". Tampoco que en el scrolleo diario los breves videos se encadenen en una progresión sin principio ni final, sin clímax ni desenlace, como en un eterno presente vaciado.
Estos cuadros incompletos nos golpean en el centro de la humanidad, nos devuelven a una realidad concreta, la del trabajo, la de la lucha cotidiana con los colores, las formas, el tiempo, el dinero, la explotación, la rutina, la imposibilidad, el deterioro, el abandono. Estos cuadros incompletos le arrancan la magia con la que se suele envolver al arte, ese fetichismo del que hablaba Marx donde se "oculta la alienación presente en la esencia del trabajo por el hecho de no considerar la relación inmediata entre el trabajador (el trabajo) y la producción". Detrás de esos arriesgados trazos hay un pincel, detrás una mano, detrás un hombre o una mujer en una batalla íntima con el mundo que le rodea.
Robert William Buss era un lector fascinado de Charles Dickens. Cuando el escritor murió en 1870, estaba muy compenetrado con una novela por entregas. Se llamaba El misterio de Edwin Drood y la editorial Chapman and Hall publicaba un capítulo todos los meses. Quedó inconclusa. Entonces pensó en hacer un cuadro, una gran obra: Dickens dormitando en su estudio, la biblioteca de fondo, los personajes revoloteando en el ambiente. Un homenaje inolvidable. No era fácil. Necesitaba tiempo. Dibujaba y borraba, pintaba de a poco, avanzaba detalle a detalle. Pasó el tiempo y no lograba dar el trazo final. Avanzaba, sí, pero muy lento, demasiado lento. Y Robert William Buss murió.
Los lectores de El misterio de Edwin Drood nunca supieron que pasó con Drood, que estaba a punto de casarse con Rosa Bud, que iba a heredar una gran fortuna, y de pronto desaparece. �Lo mataron? �Se escapó? La trama se interrumpe ahí y la historia queda rota. Y así se forma esta cadena, como una maldición estúpida, ridícula y sin sentido, donde el personaje literario no llega a reaparecer, nunca vuelve, el autor que estaba escribiendo la novela no pudo terminarla, el artista que lo estaba pintando no pudo finalizar su obra, y ahora, acá, en estas latitudes lejanas e ignotas, en estos tiempos fugaces y aturdidos, el autor de este artículo tamoco podrá term-
