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15 de septiembre de 2026

Nueva advertencia científica sobre El Niño: crecen los impactos extremos en cultivos, rutas marítimas y la pesca

El evento intenso del Pacífico oriental, con pocos antecedentes comparables desde fines de la década de 1990, ya provoca sequías, lluvias torrenciales y alteraciones en la disponibilidad de alimentos. Analizan cómo puede interactuar con el aumento de la temperatura del planeta y modificar patrones climáticos históricos

El Niño se intensifica este año en el Pacífico tropical y ya golpea una de las pesquerías más productivas del planeta. Frente a las costas de Perú, el aumento de la temperatura del mar empujó a las anchoas adultas hacia aguas más profundas y frías, donde buscan alimento.

La consecuencia fue inmediata: la pesca de anchoa se desplomó y millones de toneladas destinadas a fertilizantes y alimento animal quedaron fuera del mercado, según un artículo en revista Nature.

A fines de agosto, el gobierno peruano canceló de manera anticipada la temporada de pesca de anchoa. La medida expuso la dimensión de un fenómeno cuyas consecuencias exceden a Perú.

Lo que ocurre en Perú es apenas la punta visible de una cadena de perturbaciones que se despliega a escala global. Según Deepti Singh, climatóloga de la Universidad Estatal de Washington en Vancouver, los pronósticos para los próximos meses indican que los impactos de este evento se sentirán en la mayoría de las zonas históricamente asociadas a la influencia de El Niño: sequías en regiones próximas al ecuador, Centroamérica y el Pacífico occidental, y lluvias torrenciales en el Cuerno de África, el oeste de Estados Unidos y la costa pacífica de Sudamérica.

Lo que distingue al fenómeno de este año de sus antecesores no es solo su escala, sino también su ubicación de origen y su cronología. Eran Vos, climatólogo de la Universidad Bar-Ilan en Ramat Gan, Israel, señala que este es el primer El Niño intenso con características del Pacífico oriental desde finales de la década de 1990.

Los eventos originados en esa zona del océano se comportan de manera distinta a los que se forman en el Pacífico central, y los de gran magnitud generan patrones climáticos diferentes a los de intensidad moderada. "Los El Niño vienen en distintos sabores, como los helados", ilustró Jérôme Vialard, del Instituto de Investigación para el Desarrollo en Marsella, Francia.

Ese detalle tiene consecuencias directas sobre la capacidad de predicción: casi tres décadas separan este evento de los últimos registros comparables, un período en el que el calentamiento global ha reconfigurado la atmósfera de maneras que la ciencia aún procesa.

El fenómeno también se intensificó antes de lo que lo hicieron eventos históricos de gran escala, como los de 1997 y 2015. Algunos pronósticos indican que este El Niño podría convertirse en el más fuerte en siglos y que, combinado con el calentamiento de base, elevaría las temperaturas promedio en 2024 a niveles sin precedentes en el registro histórico.

Por ahora, los efectos visibles guardan coherencia con los patrones de eventos intensos anteriores, aunque su alcance ya resulta vasto. En Centroamérica, la sequía asociada a El Niño ha reducido el caudal de los lagos que alimentan el Canal de Panamá, cuyas esclusas dependen del agua dulce para operar, lo que ha ralentizado el tráfico marítimo.

Decenas de miles de pequeños agricultores en Guatemala, Honduras y El Salvador perdieron sus cosechas. En el Caribe, una sequía de proporciones históricas —agravada por el cambio climático— derivó en racionamiento de agua en Puerto Rico y estrés hídrico sobre los cultivos de Jamaica.

El cinturón de calor y aridez se extiende más allá. Indonesia registró un inicio de temporada de incendios forestales por encima del promedio. India, a pesar de que algunas de sus regiones sufrieron inundaciones —un efecto también esperable de El Niño—, tuvo en conjunto precipitaciones monzónicas por debajo de la media.

En partes del sur y el este de África, la combinación de sequía con precios elevados del combustible y los fertilizantes amenaza la seguridad alimentaria de poblaciones enteras. Un informe del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (PMA), publicado en junio, proyectó que decenas de millones de personas en esas regiones sufrirán inseguridad alimentaria aguda como consecuencia directa del fenómeno.

Al mismo tiempo, y como si el planeta operara en modo de contraste extremo, otras latitudes reciben el fenómeno en forma de diluvio. Las lluvias y nevadas en Chile y Perú provocaron inundaciones, paralizaron operaciones en la industria minera del cobre y forzaron el cierre de la ciudadela inca de Machu Picchu para los visitantes. El Cuerno de África, por su parte, enfrenta proyecciones de inundaciones similares a las del El Niño de 2023, que desplazó a millones de personas de sus hogares.

La pregunta que más inquieta a la comunidad científica no es qué ocurrirá, sino hasta qué punto los efectos de este fenómeno podrían amplificarse al interactuar con el calentamiento global acumulado. Christopher Callahan, científico del sistema terrestre de la Universidad de Indiana en Bloomington, lo formula así:

"¿Interactuará este fenómeno con el cambio climático de forma compleja para producir impactos que superen la suma de sus partes? No estoy seguro. Pero para mí, esa es la pregunta científica más importante de cara a este fenómeno". Algunas de las influencias de El Niño —como el aumento de las lluvias o las temperaturas más elevadas— podrían combinarse con el calentamiento global de base para magnificar los fenómenos extremos.

Singh, por su parte, advierte que "los impactos, en cierta medida, son proporcionales a la magnitud de El Niño", una fórmula que, aplicada a un evento de esta escala, no deja demasiado margen para el optimismo.

Hay además una dimensión más profunda del problema: el cambio climático podría estar alterando no solo la intensidad de los efectos de El Niño, sino también su geografía. Existen indicios de que los patrones mediante los cuales este fenómeno ha influido históricamente en el clima —denominados "teleconexiones"— están comenzando a desplazarse.

Vos y sus colegas documentaron que los fenómenos de El Niño se asociaron con temperaturas más cálidas en el sur de Asia y el noreste de África entre 1960 y 1990, pero que desde entonces esos mismos eventos han estado vinculados a temperaturas más frías en esas regiones. Durante el mismo período, Europa Occidental experimentó el proceso inverso: pasó de enfriarse durante los episodios de El Niño a calentarse. Si esas teleconexiones continúan cambiando, la capacidad de los países para prepararse con antelación se vería comprometida. "Sabemos menos sobre las teleconexiones de la nueva atmósfera", concluyó Vos, una advertencia que, en el contexto de un fenómeno de esta envergadura, suena a territorio sin mapas.

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