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21 de enero de 2026

Un repentino cambio de viento y 25 jóvenes que murieron atrapados por el fuego: la tragedia de los bomberitos de Puerto Madryn

El 21 de enero de 1994, cadetes del Cuerpo de Bomberos de Puerto Madryn murieron atrapados por un incendio. Entre las víctimas había 11 menores de edad. Una pérdida que dejó una huella indeleble en la ciudad

>Puerto Madryn vivía un aparente respiro tras varios días de lucha contra un incendio forestal en la zona de chacras conocida como La Matanza. El 21 de enero de 1994, brigadistas y bomberos voluntarios habían contenido el avance de las llamas y el parte vespertino solo reportaba algunos focos menores. La sensación general era que lo peor había quedado atrás. Nadie preveía que ese día sería el inicio de la mayor tragedia en la historia de la ciudad.

Pero, la naturaleza dijo otra cosa: un cambio repentino en la dirección del viento convirtió esa guardia de rutina en una trampa. El fuego, que parecía bajo control, cobró fuerza de manera inesperada y avanzó hacia ellos, bloqueando cualquier posibilidad de escape. Las horas siguientes sumieron a Puerto Madryn en una de sus noches más dolorosas.

El mediodía del 21 de enero de 1994 transcurría como un capítulo más en la batalla contra el fuego en La Matanza, una zona de chacras situada en las afueras de Puerto Madryn. Los campos llevaban días ardiendo bajo el calor sofocante y el viento incesante. Bomberos voluntarios, brigadistas y aprendices se relevaban sin pausa, extenuados por el esfuerzo.

A las 14:30, un aviso de la Seccional Primera activó a los equipos. Dos grupos avanzaron unos tres mil metros campo adentro en sus móviles rumbo a Puesto Gallastegui, una construcción abandonada, y continuaron a pie para enfrentar las llamas. Hacia las 16:15, llegó un tercer grupo comandado por el suboficial principal José Luis Manchula, de 23 años, el de mayor rango presente esa jornada. Entre los suyos había varios menores de edad. Descendieron del vehículo y caminaron 400 metros hacia el oeste. Su protección era mínima: apenas overoles y botas de goma, y contaban solo con cinco radiotransmisores.

Pero los incendios forestales pueden cambiar de un instante a otro. Un brusco giro del viento reavivó el fuego hasta llevar las ráfagas a 40 kilómetros por hora. La temperatura marcaba su pico, 32 grados. Cinco minutos después, el sargento Julio Laportilla advirtió por radio que las llamas crecían con rapidez, impulsadas por el viento y la vegetación seca de la meseta. Nadie respondió.

Entre las 18:00 y las 18:15, llegaron los últimos pedidos de auxilio, desesperados y confusos, probablemente de uno de los menores. El fotógrafo de fauna José Luis Lazarte, que se encontraba en la zona, recordó más tarde: “Entré con los bomberos unos 300 metros, hice fotos y volví. Por el humo, era como de noche. Para mí, en ese momento, era un incendio de campo más, algo que ocurría día por medio. Después supimos lo que pasó”.

Cuando se perdió el contacto con el grupo, la alarma sacudió el cuartel. Las radios repetían llamados que quedaban sin respuesta. Los vehículos no lograban avanzar: el fuego seguía activo y el viento volvía imposible el acceso a la zona. Con la caída del sol, la angustia se apoderó de todos. Familiares, vecinos y compañeros comenzaron a reunirse en el cuartel, aferrados a una espera sin noticias.

Recién al amanecer del 22 de enero, cuando el viento cedió y las brigadas pudieron avanzar a pie, apareció la escena que marcaría para siempre la memoria de Puerto Madryn: los 25 cuerpos alineados, separados por pocos metros, como si hubieran intentado mantenerse juntos hasta el final. Algunos yacían boca abajo; otros, de rodillas; otros, abrazados al suelo. Todos habían caído mientras intentaban escapar del cerco de fuego.

Puerto Madryn amaneció en silencio el 23 de enero. Los comercios permanecieron cerrados, las banderas ondeaban a media asta y las radios emitían mensajes de condolencia acompañados de música suave. La ciudad entera hablaba de los 25 jóvenes que no regresaron y los lloraban.

El velatorio se realizó en un salón municipal. Los féretros, alineados y cubiertos con cascos, flores y cartas, recibieron el saludo de miles de personas. Afuera, la fila avanzaba lentamente bajo un silencio sobrecogedor.

La investigación oficial concluyó que la rotación del viento volvió imposible prever lo ocurrido. Sin embargo, el debate sobre los protocolos y la seguridad se extendió por Chubut y por todo el país, y derivó en la revisión de normativas vinculadas al trabajo de brigadas juveniles.

Los nombres de los 25 aprendices forman parte indeleble de la memoria de Puerto Madryn: Daniel Araya, Mauricio Arcajo, Andrea Borredá, Ramiro Cabrera, Marcelo Cuello, Néstor Dancor, Alicia Giudice, Raúl Godoy, Alexis Gonzáles, Carlos Hegui, Lorena Jones, Alejandra López, Gabriel Luna, José Luis Manchula, Leandro Mangini, Cristian Meriño, Marcelo Miranda, Juan Moccio, Jesús Moya, Juan Manuel Paserini, Cristian Rochón, Paola Romero, Cristian Yambrún, Cristian Zárate y Juan Carlos Zárate. Nombrarlos es un acto de memoria y de respeto, una forma de traerlos al presente y de contarles a sus familias que nunca serán olvidados.

Cada 21 de enero, Día del Mártir Bombero Voluntario, el Cuerpo de Bomberos de Puerto Madryn les rinde homenaje. Por la mañana se coloca una ofrenda floral en el monumento que conmemora su sacrificio. Luego, en el Panteón, se recuerda a 21 de ellos, mientras que a los restantes se los honra en las cuatro tumbas de quienes no están allí.

La última ofrenda se realiza en la plazoleta Kona Mapú (Tierra de Héroes), en el barrio Mapú Ngefü, donde las calles circulares llevan los nombres de los bomberos caídos el 21 de enero.

Los nombres de los 25 están presentes en murales, placas y actos escolares. Forman parte del relato de la ciudad, como recordatorio de la vulnerabilidad humana frente a la naturaleza, del coraje de los voluntarios y del peso de cada decisión. Cada aniversario, Puerto Madryn detiene su ritmo, acompaña a las familias y honra a esos jóvenes que partieron, casco en mano, lleno de ilusión.

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